Autor de The Bottom Billion, un libro que lo catapultó al reconocimiento global, Paul Collier no sólo es un economista especializado en el tema de la pobreza, sino un calificado experto en África. En la Universidad de Oxford dirige un centro especializado en dicho continente. Y en su libro más reciente –The Plundered Planet– trata el tema de la explotación de los recursos naturales y la necesidad de establecer una nueva ética para con la naturaleza.
El desarrollo de la sociedad moderna se ha debido en gran parte a una explotación ilimitada de sus recursos naturales por individuos, empresas y gobiernos. El criterio dominante, en el siglo XIX, era que dicha explotación era legítima porque los recursos resultaban casi infinitos. En el siglo XXI, tal explotación debe ser embridada por una nueva ética, para cuya formulación convergente aún no hay, lamentablemente, suficientes avances. El autor se muestra preocupado por algunos desarrollos recientes: la eventual complicidad de algunos políticos africanos para permitirle a la China una explotación indiscriminada y tradicional de sus depósitos de materias primas, así como los avances tecnológicos que pronto permitirían una explotación intensiva de los océanos, en un contexto en el cual no se han establecido aún criterios adecuados ni instancias de supervisión.
Un recurso natural constituye un bien valioso y, a la vez, vulnerable. En la ausencia de una adecuada institucionalidad y de un Estado moderno que supervise su manejo, su explotación puede conducir al saqueo, como se da, por ejemplo, en la pesca en altamar o en la minería informal. Collier define la irracionalidad de la explotación de dos maneras: como el que unos pocos expropien indebidamente lo que correspondería a muchos más; y como el que el presente se tome lo que realmente pertenece al futuro. El saqueo de la naturaleza sólo podría evitarse con una institucionalidad firme. Por ello, más allá de los confines de estados bien administrados, el uso racional de los recursos naturales enfrenta muchos problemas y desafíos que requieren, para superarse bien, de un entendimiento adecuado de lo que está en juego por parte de los ciudadanos informados de cada sociedad.
Lamentablemente, el uso de la naturaleza ha sido moralizado antes de ser debidamente analizado. En el debate público, hay defensores románticos del medio ambiente que se autoproclaman portaestandartes de la ética y que definen la preservación como una obligación. En el debate tecnocrático, de otro lado, la voz principal la suelen tener los defensores de modelos económicos que suelen plantear las opciones respecto del futuro con un criterio de utilitarismo austero por el cual las generaciones futuras contarían tanto como las actuales sin preverse avances tecnológicos que pueden resultar exponenciales. Según Collier, por ejemplo, el Informe Stern sobre cambio climático constituye un ejemplo representativo de este criterio. Si transferir un dólar del siglo XXI al siglo XXIII ayudara en el futuro más de lo que perjudica en el presente, entonces se debería guardar para entonces.
Aunque las hormigas siguen este criterio por instinto, ésta no tiene por qué ser necesariamente la ética esencial de una sociedad humana. Tanto los ambientalistas románticos como los partidarios de tales modelos austeros pueden estar exigiendo demasiado de los humanos. Cualquiera que no aceptara tal criterio resultaría condenado. Pero –plantea Collier– respecto de la naturaleza se podría postular una ética que sea más práctica, una que pueda superar la confusión que existe entre los reclamos de inmovilismo y la política del avestruz que suele darse en la política cotidiana.
Un instinto moral válido de los ambientalistas es que el agotamiento de los recursos naturales vuelve a éstos especiales. Pero el ala romántica del movimiento infiere de ello, equivocadamente, que cualquier explotación de la naturaleza infringe los derechos del futuro. Los economistas deberían reafirmar el criterio de que los recursos naturales no son relevantes por su pureza intrínseca, sino por su valor real. Nuestra obligación con el futuro no es preservar tal pureza sino pasar a las generaciones futuras un valor equivalente superior al de los recursos que se exploten en el presente. Si convirtiendo sus recursos naturales en recursos más productivos, una sociedad pobre puede atenuar su pobreza, es legítimo que lo haga.
La ética es fundamental pero debemos enfocarla desde el punto de vista de una generación futura, no de los ambientalistas románticos de hoy. En una sociedad o región aún subdesarrollada, el futuro probablemente preferiría heredar colegios, hospitales y centros urbanos, antes que mantenerse en una pureza natural, pobre y estática. Esta perspectiva de si infringimos o no los derechos éticos del futuro constituye una manera más compleja pero más correcta para decidir que los criterios del utilitarismo o del ambientalismo romántico. La generación del presente debe ser un custodio del valor de la naturaleza, no necesariamente de sus paisajes o elementos estéticos.
Dicha ética está impregnada en muchas culturas y tradiciones. La parábola bíblica de los talentos constituye expresión de ella. No premia a quien preserva los talentos, sino a quien los multiplica. En Kuwait, siguiendo una filosofía islámica, se ha constituido un fondo para las futuras generaciones, el cual se alimenta del petróleo que hoy se explota.
La principal lucha en los próximos años para prevenir un eventual saqueo de la naturaleza será dada en los estados de las naciones más pobres y en los corredores de aquellas conferencias internacionales convocadas para regular la frontera con el futuro. No constituyen, para el autor del libro reseñado, escenarios muy prometedores. Por ello considera necesario un debate global que permita lograr confluir en una ética común para con la naturaleza, lo que contribuiría a un mejor resultado final.
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