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Piénselo otra vez

“La piratería”

Edición de t 2010

Sólo dos de cada 100 discos musicales comercializados en el mercado peruano son originales. Haga memoria y recuerde cuál fue la última película que vio en casa; también pregúntese cuánto le costó. ¿Y esa novela que le ofrecieron en el semáforo? Tanta cotidianeidad esconde una verdad oculta: el peruano no convive con el irrespeto a los derechos de autor por alguna falla del sistema, sino porque él mismo así lo quiere –o porque le conviene–.

Por Roberto Castro Lizarbe y Viviana Gálvez

 

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“El Perú no tiene una legislación adecuada para proteger los derechos de autor”

AL CONTRARIO, TIENE UNA LEY DE LUJO. La legislación peruana en la materia responde a los más altos estándares de calidad exigidos a nivel internacional. Óscar Montezuma, abogado del estudio Miranda & Amado Abogados, recuerda que la primera ley sobre propiedad intelectual que se dio en el Perú data del gobierno de Ramón Castilla. No obstante, el Convenio de Berna, el tratado internacional más importante sobre derechos de autor a nivel internacional, fue suscrito por el Perú en 1988, nueve años después de su última enmendación. Y en abril de 1996 entró en vigencia la actual ley sobre derechos de autor. Incluso hay policía y fiscalía especializadas en delitos intelectuales (los juzgados especializados fueron eliminados).

Piero Calderón, abogado del estudio Muñiz, Ramírez, Pérez-Taiman & Olaya Abogados, afirma que a propósito del TLC con Estados Unidos se efectuaron las últimas modificaciones sobre la materia: sanciones para la posesión de catálogos o envolturas de obras protegidas (sin importar ya la posesión del soporte que contiene la obra) y para la manipulación de las medidas de seguridad (“chipear” los equipos, como ocurre con las consolas de Playstation 2, por ejemplo). Con todo esto el Perú puede presentarse ante el mundo como uno de los países que cuenta con una buena legislación de derechos de autor de avanzada. “No es que al Perú le falte tal o cual tratado o ley; el problema es la realidad, el desconocimiento, el presupuesto”, concluye Montezuma.

 

“El problema, entonces, es que las sanciones no son duras”

SÍ LO SON, SÓLO QUE NO SE QUIERE SANCIONAR. “Legalmente, no se dan los problemas”, dice Calderón. De hecho, las sanciones por piratería varían entre dos y ocho años de cárcel. Y si seguimos la teoría penal, la duración de las penas representa el grado de reproche social que se genera respecto del delito cometido -de ahí que el homicidio tenga una de las penas más altas-. Con esto el Perú cumple una vez más con reprochar de manera grave los delitos que atentan contra la propiedad intelectual, pese a lo cual sus índices de piratería musical y de software alcanzaban, al cierre del 2009, 98% y 70%, respectivamente.

“El problema es que los jueces aún no internalizan la gravedad del delito; debido a que no hay muerte ni armas, lo consideran un delito menor”, explica Calderón. Para el especialista, la piratería se solucionaría con el arresto y sanción de los cabecillas: “No es necesario meter a la cárcel a todas las personas que están involucradas con la piratería; bastaría con arrestar a las personas que mueven las grandes mafias para que la piratería se reduzca”, afirma.

Esto y el primer punto sugieren que la tolerancia a la piratería pasa por cuestiones predominantemente políticas. A pesar de que el Perú está incluido en la lista de vigilancia de la Alianza Internacional de Propiedad Intelectual, Alfredo Bullard, socio del estudio Bullard, Falla & Ezcurra Abogados, afirma que hay quienes se hacen de la vista gorda. “A Estados Unidos le basta con que el presidente de la República no apoye expresamente la piratería y que se tenga la intención de hacer cumplir la legislación, pero no que efectivamente se cumpla”, sostiene el abogado.

 

“La piratería es un robo”

AL MENOS TEÓRICAMENTE, NO. Que sea ilegal no quiere decir que equivalga econónomica o jurídicamente a un despojo. Sólo podría hablarse de robo en caso su consumo fuera rival, es decir, si el uso “pirata“ implicara que ya no se puediera realizar el uso legal. O sea, si el pirata impidiera al legitimo dueño el uso simultáneo del bien, como ocurre por ejemplo con el usurpador de un terreno respecto de su dueño legítimo. Eso no sucede en la propiedad intelectual. En este caso, si uno lee una novela, ve una película o escucha una canción, no impide que otra persona lea la misma obra, vea la misma película o escuche la misma canción.

“Con respecto a la propiedad intelectual, la ley es la que vuelve escaso al bien y con ello intenta generar un uso rival, pues esto no se desprende de la propia naturaleza del bien protegido, como sí sucede en la propiedad física”, explica Bullard. El abogado hace la salvedad de que esto no se aplica de igual manera a las marcas y nombres comerciales, pues en estos últimos casos sí existe una rivalidad.

Existe también otra diferencia. En la propiedad intelectual confluyen dos intereses: el del autor y el de la sociedad, lo que no ocurre con la propiedad física. “De ahí que tu terreno sea tu terreno y lo pueda ser así por siempre; mientras que la obra que creas te pertenecerá por un tiempo, pues luego pasará a dominio público”, explica Montezuma. Por ejemplo, en el Perú la protección de una obra literaria dura toda la vida del autor más 70 años posteriores a su muerte; en México, por citar otro caso, dicha protección es de 100 años después de su muerte. Como fuere, ello obliga a que cualquier uso de la obra deba ser previamente autorizado por los herederos del autor. Vencido ese plazo, la obra podrá ser usada libremente, por estar en dominio público.

 

“Con respeto a los derechos de autor, el Perú sería mucho más avanzado”

NO NECESARIAMENTE, PERO CON SEGURIDAD SERÍA MÁS BUROCRÁTICO. “Para empezar, los costos en las universidades se elevarían tremendamente”, asegura Bullard. Según explica el abogado, los costos para la utilización de obras protegidas por derechos de autor se elevarían de gran manera, pues las universidades deberían comprar el material requerido por cada alumno, tal como sucede en Estados Unidos, por ejemplo. Los derechos de autor no permiten, en muchos casos, ni siquiera la copia de un fragmento breve ni la utilización de películas en la clase sin autorización previa por parte del autor. “Y no es cualquier autorización; es una autorización especial para el uso académico”, aclara Bullard. “Requerirías autorización para todo”, añade Enrique Ghersi, socio del estudio Ghersi Abogados. 

Así, con legislación efectiva, nos podríamos imaginar un Perú sin música en los vehículos de transporte público, en los supermercados o en los centros de trabajo. Tampoco podría encontrarse videojuegos con formato dirigido específicamente a la región, como los casos de aquellos que son editados localmente para modificar algunas de sus opciones a contenido que la oferta original jamás incluirá por no ser su mercado objetivo (caso de los de fútbol u otros deportes, por ejemplo). “Cada vez que alguien cante Happy Birthday en público, APDAYC debería cobrar las regalías correspondientes; y cada vez que alguien vaya a usar un cuadro debería preocuparse por tener la autorización previa del autor”, afirma Ghersi. En ese mismo sentido, conocido es el caso de las niñas scouts que debieron pagar las regalías por las canciones que cantaban en los campamentos de verano (claro, fue un monto simbólico).

“La ley no es perfecta; exige modificaciones, sobre todo ahora que existe tecnología digital”, reconoce Montezuma. “En algunos casos, se dan absurdos, debido a que la propia gente de APDAYC no conoce del todo la legislación de derechos de autor y la aplica mal”, confiesa Calderón. Por ello, han sido los propios autores quienes han adoptado medidas para permitir el uso de sus obras. Sistemas como el Creative Commons y modelos de negocio como Artistshare o Netflix permiten el acceso legal y menos rígido a las obras.

 

“La piratería desincentiva la creatividad”

EN MUCHOS CASOS, LA ESTIMULA. “Salvo con respecto a las patentes farmacéuticas, no existe un estudio empírico sobre el tema”, afirma Bullard. El abogado opina, en cambio, que el porcentaje rentista que generan los derechos de autor excede al porcentaje incentivador. “El incentivo se vuelve una renta”, afirma el especialista. De hecho, no duda en afirmar que la protección intelectual, en general (no sólo los derechos de autor, sino también las patentes) limita la creación. “La revolución industrial surgió gracias a la que las patentes caducaron y se pudo recrear las máquinas”. Lo mismo sucedería con los aviones: de no haber tenido los hermanos Wright la patente de los modelos de aeroplanos, se habrían desarrollado los aviones en mucho más corto tiempo. “Yo creo que los plazos de protección son exagerados y persiguen un fin rentista. El ejemplo actual de ello es lo que sucede con Disney: cada vez que está por vencer la patente de Mickey Mouse, Disney aboga por la extensión de los plazos de protección”, ejemplifica Bullard.

“La competencia estimula la creatividad, mientras que los monopolios son ineficientes”, opina Ghersi. Calderón piensa todo lo contrario: “mientras más protección se dé, mayor creatividad habrá y con ello mayor competencia entre creadores”, sostiene. En todo caso, cabe mencionar que, según Bullard, la industria de la moda (distinta en ese aspecto de la de las marcas) no cuenta con protección y no por ello se deja de crear. “La innovación también puede responder a la vanidad o reputación del autor”, continúa el especialista. De ahí que las personas que se muestran en contra de los derechos económicos propios de la propiedad intelectual, sí reconozcan los derechos morales del autor. “Yo estoy completamente de acuerdo con los derechos morales”, resalta Ghersi. “No me molesta que vendan mi libro pirata, pero sí me molestaría que no reconozcan mi autoría”, explica Bullard. A través de los derechos morales, se protege, entre otras cosas, la paternidad del autor; de ahí que el plagio se sancione.

“Mi discrepancia es respecto de los derechos patrimoniales, pues los considero monopolios a través de las patentes y el copyright”, aclara Ghersi. Para el especialista, es más importante la libre circulación del conocimiento que el monopolio sobre la obra. Resalta el hecho de que parte de los montos que cobran las sociedades de gestión colectiva (APDAYC, por ejemplo) es destinado a la propia administración de dicha sociedad. De hecho, en promedio solo el 10% de las regalías le corresponde al autor de obras literarias; así de un libro de S/.60.00, sólo S/.6.00 le corresponde al autor, mientras que el grueso (40%, en promedio) es comisionado por la librería. ¿Para quién, entonces, es el negocio?

 

“La idiosincrasia del peruano rechaza los derechos de autor porque cree en la propiedad compartida”

NO HAY QUE BUSCARLE TRES PIES AL GATO. “Eso es un mito urbano”, no duda en responder Juan Javier Rivera Andía, antropólogo de la Pontificia Universidad Católica del Perú, ante una posible justificación con corte ideológico o propio de la cultura peruana frente a la piratería. Con ello coincide la también antropóloga Cecilia Rivera, para quien la piratería es consecuencia del costo excesivo para una sociedad sin ingresos.

Así, se trataría de meras cuestiones de acceso. “El problema es traer un producto de Estados Unidos a US$10 y tratar de venderlo con el mismo precio acá”. Se trataría entonces de un problema de modelo de negocio, tal como lo sostiene Montezuma. “Yo no justifico ningún acceso ilegal a las obras protegidas, pero sí reconozco que los modelos de negocios deben ser modificados para adaptarse a la realidad”, explica el especialista. “Sobre todo ahora, cuando los costos de reproducción son muy bajos”, continúa Rivera.

Tal vez por ello, el negocio de alquiler de videos haya disminuido al punto de retirar a la cadena Blockbuster del mercado peruano y originar que las librerías a nivel mundial ya no sólo se dediquen a la venta de libros, sino también de otros productos, tal como sucede con la librería Barnes & Noble, la cual interactúa con el e-book. También ha sucedido así con artistas que difunden sus obras por Internet (sin necesidad de un soporte físico). De hecho, muchos cantantes aplican esta técnica y no “viven” más de sus discos, sino del financiamiento directo por parte de sus fans –a cambio de membresías exclusivas que otorgan distintos beneficios- y de conciertos. 

 

“Si los precios bajaran, la mafia de la piratería desaparecería”, concluye Bullard. Calderón discrepa: “La solución no está en el precio; no hay competencia entre piratas y originales, pues los costos del primero son cero”. “Si fueran piratas en el sentido más romántico del término, en tanto difundieran la cultura, yo no tendría ningún problema. Pero son personas que lucran con ello sin tener ningún interés por la cultura”, resalta el periodista Juan Manuel Robles, autor del libro Lima Freak. Vidas insólitas en una ciudad perturbada (Planeta, 2007). Al final, pues, enfrentar a la piratería sigue siendo una cuestión de conveniencia y voluntad.

 

2 comentarios

  1. Manuel Nava Jimenez
    05r14 19:58

    En la ciudad de Jaèn a vista y paciencia de las autoridades, dos canales de TV. Canal 9 y canal 21 UHF emiten peliculas, que en algunos casos no se estrenan en los cines ni las televisoras nacionales.

    Estan hyaciendo competencia desleal.

  2. JUAN MAMANI
    29l14 14:28

     Lamentablemente hay quienes piensan que derechos del autor es extender el estreno de las peliculas 5 años en el circulo comercial, no existe competencia desleal si aqui te restringen el derecho a escuchar musica con antiguedad de hace 20 años o de sus afiliados que al final es una tortura mental y cuando nos quejamos aparecen personas que con el cuento de los impuestos j... a los demas.

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