Entre 1920 y 1933, la producción de cualquier tipo de alcohol fue criminalizada en EEUU. Winston Churchill calificó dicha norma como un “agravio a la historia de la humanidad”. Tal vez recordaba a Ovidio, quien calificó de regalo divino cualquier estado de éxtasis generado como consecuencia del consumo de una droga; a los chinos, que cultivaban opio desde 700 años antes de Cristo; o a George Washington, quien insistía en una ración diaria de whisky para cada uno de sus soldados. Un libro reciente del historiador Daniel Okrent (The Rise and Fall of Prohibition) describe los elevados costos que tuvo dicho ejercicio de “ingeniería social” en EEUU.
Es difícil encontrar una familia que no se haya visto afectada por el abuso del alcohol. La historia del hombre ha estado cargada de intoxicaciones y excesos, así como de múltiples moralistas que han intentado, a través de las reglas y la condena social, volver al hombre mejor.
La Era de la Prohibición en EEUU se originó por una coalición de personas, la gran mayoría llena de buenas intenciones, que pudo lograr una enmienda constitucional para prohibir la producción de cualquier tipo de alcohol. Como los autos prerrevolucionarios en Cuba, las botellas anteriores a 1920 se podían consumir privadamente. El presidente Harding registró US$1,800 en vinos y licores cuando ingresó a la Casa Blanca.
La intoxicación estuvo siempre presente en EEUU. Sus nativos usaban con frecuencia los más diversos alucinógenos. Los barcos de los primeros colonos puritanos llegaron más cargados de cerveza y vino que de agua. Para 1830, el norteamericano adulto promedio tomaba siete galones de alcohol al año, poco menos que el ruso. Es natural suponer que tal consumo generaba no sólo placer, sino también hartos problemas.
En un pueblo de Ohio, un domingo de 1874, Eliza Thompson –una madre de ocho hijos que hablaba por primera vez en público– se paró en medio de su iglesia y anunció que EEUU no sería libre hasta no abolir la última botella. Recibió el respaldo amplio de todas las mujeres presentes, quienes en pocos días lograron persuadir a la mayoría de los bares del pueblo para que cerraran sus puertas. El movimiento se extendió como pólvora por todo el país.
En su inicio, la prohibición fue un reclamo de mujeres y estuvo muy vinculado con la demanda por el voto femenino. Las pioneras del feminismo estaban convencidas de que el alcohol constituía la causa fundamental de la explotación de las mujeres. En la sombra, sin embargo, la campaña tuvo también algunos aliados menos respetables. El Ku Klux Klan, por ejemplo, postulaba que el alcohol constituía un acicate a la rebelión entre los negros, que vivirían más tranquilos en su opresión si el alcohol fuera prohibido. Incluso los primeros líderes sindicales apoyaron la prohibición con la expectativa de que ella permitiría organizar mejor a los obreros.
Finalmente, todo un genio político, Wayne Wheeler, logró en 1920 configurar una alianza de políticos populistas de varios partidos, con evangelistas, feministas, racistas e izquierdistas, para imponer pacíficamente la décimo octava enmienda constitucional en EEUU, por la cual se prohibía la producción de alcohol.
Cuando se prohíbe una droga de consumo popular, es iluso suponer que ella va a desaparecer. Lo que sucedió fue que su producción y consumo fueron transferidos de la economía legal a las manos de bandas criminales. Las mafias pusieron en operación toda una armada de barcos, incluyendo submarinos, para alimentar oportunamente al mercado. Nadie que realmente deseaba un trago dejó de tenerlo. El consumo de vino, por ejemplo, se duplicó durante los primeros cinco años de la prohibición en Nueva York.
La guerra entre las bandas criminales para controlar el mercado desató una explosión de violencia impresionante. Al Capone tenía sólo 25 años cuando se convirtió en un gran capo de Chicago. En 1926, él y sus colegas ganaban al año US$3,600 millones…¡en dólares de esa época! Tal monto superaba el gasto público del gobierno de EEUU. Las mafias podían hacerle la guerra al propio Estado, sobornando a políticos, jueces y policías.
El libro de Okrent revela cómo las bandas criminales favorecían claramente la continuidad de la prohibición. Hay evidencia del financiamiento que la mafia, de manera encubierta, hacía a los políticos defensores de la “ley seca”. Sus líderes sabían bien que sin la prohibición, la fuente de riqueza se perdería.
De otro lado, el alcohol adulterado se multiplicó, lo que generó sendas epidemias de parálisis y envenenamiento. En 1927, 760 personas murieron en Nueva York como consecuencia de consumir alcohol adulterado.
Ya en 1928, el fracaso de la norma era evidente, pero nadie sabía bien cómo salir del entrampamiento. El cambiar de nuevo la Constitución implicaba contar con amplias mayorías en cada estado, lo que era bastante difícil de lograr.
Fue finalmente la Gran Depresión lo que originó el estímulo suficiente para acabar con el prohibicionismo. En momentos en que el gobierno requería de mayores recursos para el gasto social y para reactivar la economía, los ingresos fiscales disminuyeron 60% en tres años. El gobierno necesitaba, con urgencia, una nueva fuente de ingresos fiscales. Y la industria ilegal del alcohol, boyante, sin controles ni impuestos, resultó la candidata obvia. (Curiosamente, en la actualidad, el estado de California también enfrenta una severa crisis fiscal. Y va a realizar un referéndum respecto de si legalizar o no la marihuana.)
Como algunos temían, el consumo de alcohol no aumentó con la eliminación de la prohibición. Paradójicamente, afirma Okrent, “se volvió más difícil, y no más fácil, conseguir un trago”. Se requirió que los bares cerraran a unas horas y se estableció límites estrictos a la edad, así como prohibiciones zonales. La calidad del producto mejoró notablemente.
No es por nada que nadie en EEUU defienda hoy la prohibición.
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