Así era, así parecía ser. En las urnas, el 10 de junio de aquel año, Haya había obtenido 557,047 votos, con lo que alcanzaba un 32.98 por ciento[2]. Tan sólo décimas debajo se ubicaba Fernando Belaunde, líder de Acción Popular (AP), con 32.13 por ciento (544,180 votos). El tercer lugar correspondía al ex mandatario Manuel A. Odría, de la Unión Nacional Odriísta (UNO), con el 28.44 por ciento (480,378 votos). La Constitución dictaba que, de no alcanzar ningún candidato el 36 por ciento del electorado, el Congreso debería elegir al nuevo presidente. Llegaba, así, el turno de las alianzas en el parlamento. Todo indicaba que la banda presidencial correspondería a Haya, en alianza con la UNO.
Pero los militares vetaron su candidatura. El hecho fue comunicado al líder aprista por el propio presidente Manuel Prado el 2 de julio. Dos días después, Haya pronunció su histórico “Discurso del Veto”, en el que declinaba sus intenciones presidenciales a favor del orden constitucional amenazado por las FFAA.
La trama tras bambalinas era que el Apra había acordado con Odría una polémica alianza que derivaría en un cogobierno, el cual mantendría el orden constitucional y llevaría indirectamente al Apra a Palacio. Precisamente por eso, el congresista y dirigente aprista Javier Valle Riestra, al recordar para Perú Económico la frase de Haya, precisa el contexto en que ésta se dio: “Esa noche, un compañero del partido le estaba enrostrando el desacierto de la alianza con el odriísmo y Haya le respondió así”, relata el legislador. “Luego, Haya supo que en la madrugada de ese mismo día se había consumado el golpe militar contra el presidente Manuel Prado para que el Apra no llegara al poder”, añade Valle Riestra.
Un matrimonio impensado“En 1962 ya se había dado ‘el viraje’ del Apra hacia posiciones más moderadas e, incluso, cercanas a la derecha. Haya ya había pactado con la oligarquía”, explica el historiador Emilio Candela. Este viraje llegaría a un punto extremo con el resultado electoral de 1962 y el surgimiento de la coalición Apra-UNO. Si bien Haya argumentaba que ésta no era una alianza entre él y Odría –su más ensañado perseguidor, que lo obligó a refugiarse en la embajada de Colombia en Lima casi un lustro durante su dictadura–, admitía “coincidencias parlamentarias” entre ambos partidos, como apunta Candela.
“Los errores de Haya pasaron por algunos transaccionismos como el planteado con el odriísimo. Ahora, viéndolo a la luz de los años, habría sido más conveniente para el Apra apoyar a Belaunde, quien formó una especie de protestantismo aprista, en vez de hacerlo con Odría”, sostiene Valle Riestra. “AP era el aliado natural para una convivencia con el Apra”, agrega Candela, quien ubica al odriísmo a la derecha del espectro político de 1962, a Haya en el centro y a Belaunde más cercano a posiciones de izquierda, dado su ánimo reformista, con propuestas como una negociación con la International Petroleum Company (IPC) de la explotación de los yacimientos petrolíferos de la Brea y Pariñas y la ejecución de una reforma agraria integral.
Una de las posiciones que explican el acercamiento con la UNO se relaciona con la estrategia política. “Un eventual pacto con Belaunde en vez del odriísimo habría sido muy difícil, porque AP pedía todo sin entregar nada, y en un pacto siempre debe existir una cesión de ambos lados”, apunta la historiadora Margarita Guerra, directora del Instituto Riva Agüero. De hecho, Enrique Chirinos Soto señala, en su Historia de la República, que sí se dieron conversaciones entre el Apra y AP[3]. La otra explicación, dada por el mayor EP Víctor Villanueva, autor de una historia del militarismo peruano, deja entrever la reaccionaria posición de las FFAA sobre Haya –y, por ello, merece ser citada textualmente y en extenso–:
“Sin embargo, hay quienes atribuyen el pacto Apra-Odría a otras razones, muy personales, del jefe aprista. Dicen que esa entrega total se debe al complejo feminoide que padece Haya de la Torre. Los que piensan de este modo razonan así; ciertas mujerzuelas, cuya psiquis está dominada exclusivamente por la libido, pueden perdonar a sus peores enemigos, a quien las maltrata y las explota; jamás harán las paces con la rival, con la mujer que les haya quitado al hombre amado. Aplicando el caso a Haya de la Torre: Odría es el enemigo sañudo y encarnizado, el adversario feroz que nunca dio cuartel, que humilló y vejó a Haya de la Torre. Empero, Belaunde es el rival, el hombre que osó disputarle popularidad, que le arrebató las masas –el grande amor de Haya–, que estuvo a punto de ganar la Presidencia de la República. Como la mujerzuela, entre el enemigo y el rival, Haya transa con aquél, no perdona ni perdonará jamás a éste”[4].
Haya o no Haya…¿Qué habría pasado, sin embargo, de no darse el veto militar contra Haya? En primer término, el Congreso lo habría elegido presidente, ya que, como explica Candela, “la percepción era que Haya, quien no postulaba hacía 31 años y había pasado buena parte de ese tiempo perseguido, ‘merecía’ ser presidente”.
Se abre, entonces, la duda acerca de cómo habría sido un gobierno hayista. En términos político-económicos, existen dos visiones. La primera de ellas sostiene que esa gestión habría iniciado una serie de reformas de carácter progresista. “Existían en estado activo muchos de los miembros fundadores, que tenían mucho de la mística original del partido, lo que hubiera permitido un desarrollo más acorde con sus programas primigenios”, explica Guerra. “Se habría realizado una reforma agraria constitucional y sentado las bases de una modificación de la cultura socioeconómica del país”, agrega, en el mismo sentido, Valle Riestra. “El lustro de Haya en Palacio habría significado un estado antiimperialista y de extremo agrarismo”, dice el dirigente aprista.
Según la historiadora, con esos programas se habría producido un cambio más orgánico en vez de llegar a una revolución como la de Velasco y no se habría dado la acumulación de tensión social, sobre todo en el interior, que caracterizó los seis años del gobierno de Belaunde. La traumática revolución peruana encabezada por el general Juan Velasco Alvarado probablemente nunca se habría dado.
Sin embargo, para otros, un gobierno de Haya habría tenido, más bien, un corte más cercano a posiciones oligárquicas. “¿Qué prometía Haya en esas elecciones?”, se pregunta el historiador Víctor Torres Laca. “El programa aprista de 1962 tenía poca sustancia de cambio. No había una posición firme contra la IPC y la reforma agraria del Apra consistía en construir canales y en colonizar la selva; no se hablaba de expropiaciones o de medidas radicales”, se responde a sí mismo el investigador.
De acuerdo con esta perspectiva, la política económica del aprismo, lejos de parecerse a la transformación estructural llevada a cabo por Velasco, habría sido similar a las seguidas por Odría –su hipotético aliado en el gobierno– y por Prado: un modelo de sustitución de importaciones y una mayor participación del Estado en la economía a través de la construcción de obras públicas, en el marco de un respeto de la propiedad privada y la inversión. Incluso, Torres Laca recuerda que, cuando en 1959 Prado nombró a Pedro Beltrán –por entonces, director del diario La Prensa– como presidente del Consejo de Ministros y ministro de Hacienda y Comercio y éste ejecutó un programa económico ortodoxo con aumentos de impuestos y búsqueda de superávit fiscal, la oposición fue liderada por AP y por la Democracia Cristiana. La postura del Apra, en cambio, fue tibia: dijo que apoyaba al régimen, pero no al programa.
…¿Haya será?En este punto, cabría preguntarse si las FFAA no habrían interrumpido de todas formas el orden constitucional algunos años después, tal y como pasó con el gobierno de Belaunde, elegido en 1963 y depuesto en 1968. Candela destaca que el de 1962 no sólo fue el primer golpe militar institucional, sino también el primer golpe contra la oligarquía. “Ya no es el ejército de las décadas de 1930 ó 1940, sino más bien un aviso de lo que sería el golpe de Velasco Alvarado”, señala el historiador. La suma de sentimientos antiapristas y antioligárquicos entre los militares podría haber llevado a un levantamiento contra Haya, tanto así que una hipótesis para explicar el golpe de 1968 –en las postrimerías del debilitado primer gobierno belaundista– es que se dio para evitar que Haya llegase al poder en las elecciones programadas para 1969.
No obstante, Candela señala dos ventajas que tenía Haya sobre Belaunde: ser el líder del partido con mayor organización y tradición, y contar con una mayoría parlamentaria a través de su alianza con la UNO, afianzada en los comicios municipales de 1966. A esto se suman, siempre según el historiador, que el Apra también contaba con una base social que podía movilizarse fácilmente ante un eventual golpe: los sindicatos –particularmente, los de las haciendas azucareras de la costa norte, cuyos dueños, además, eran simpatizantes de Odría– y estudiantes de universidades como la Federico Villarreal. La UNO, entretanto, tenía apoyo en las zonas urbano-marginales de Lima, dadas sus inclinaciones populistas y clientelistas. Pero Torres Laca duda de este enfoque. “¿Por qué esos mismos sectores no se levantaron en 1962?”, cuestiona el especialista.
Otro punto importante es que el modelo de sustitución de importaciones estaba condenado a sufrir constantes crisis por la falta de divisas, en un tiempo en el que los únicos prestamistas eran el gobierno de Estados Unidos y la banca multilateral, dependiente de éste. Para terminar exitosamente su gobierno, Haya debía ganarse el apoyo estadounidense, para lo cual la Alianza por el Progreso impulsada por el gobierno de John F. Kennedy habría jugado a favor, mientras que los problemas con la IPC habrían marcado una dificultad para el Apra. “¿A qué precio podría haber transado con el capital extranjero en medio de la presión de las FFAA, la hipotética oposición de AP y la opinión pública en contra de la empresa estadounidense?”, se pregunta Torres Laca. “Habría logrado un arreglo más limpio y transparente que el de Belaunde, cuya turbiedad dio el pretexto para el golpe de Velasco”, cuestiona, a su turno, Candela.
Odría, a su vez, no habría garantizado el apoyo de la nueva generación de militares, más ideologizada y menos tendiente al caudillismo. “Desde la fundación del CAEM (Centro de Altos Estudios Militares) se estaba pensando en las FFAA como una institución que debía dirigir. Bajo esa óptica en que las FFAA operaban como un agente político más, el Apra y las FFAA tenían, mal que bien, dos programas distintos que chocaban entre sí”, añade Guerra.
Quedan, incluso, más especulaciones por lanzar, como cuál hubiera sido la actitud de Haya frente a las guerrillas que surgieron en la década de 1960 dada la tensión social que se presentaba en las haciendas de la sierra. Preguntas sin respuestas concretas, dado que, a pesar del lema aprista “Haya o no haya, Haya será”, el gobierno de Haya en 1962 nunca fue.
[1] Actual jirón Camaná, en el Cercado de Lima.
[2] Haya postulaba por la Alianza Democrática (Partido Aprista Peruano y Movimiento Democrático Peruano).
[3] Chirinos Soto, Enrique. Historia de la República. Tomo II 1883-1968. Editorial A. Ch. Editores, Lima, 1991 (cuarta edición).
[4] Villanueva, Víctor. El militarismo en el Perú. Empresa Gráfica T. Scheuch, Lima, 1962.
Gonzalo Carranza Bigotti *
Roberto Castro Lizarbe ** Analistas de Perú Económico y de Semana Económica
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