En las próximas elecciones parlamentarias norteamericanas de noviembre, parecería casi seguro que el Partido Republicano obtendrá la mayoría en el Congreso. Y en sus primarias para dichas elecciones, los ganadores vienen siendo, en su mayoría, los partidarios del Motín del Té (Tea Party), así llamado en honor al movimiento que Samuel Adams encabezara en Boston oponiéndose al impuesto que en 1773 pretendió cobrar entonces la corona británica. El Tea Party contemporáneo nació en los primeros meses de 2009, contando con la bendición de Sarah Palin, la compañera de fórmula del ex candidato presidencial John McCain, y como respuesta al paquete de estímulo fiscal propuesto por el gobierno del presidente Barack Obama para hacer frente a la crisis financiera internacional.
El estado de Delaware es uno pequeño, rico y tradicionalmente progresista en la costa Este de EEUU. Por décadas, su senador fue el actual vicepresidente Joseph Biden. La dirigencia del partido republicano había convencido a Mike Castle, miembro destacado de la actual Cámara de Representantes, para que compitiera en la primaria partidaria por la candidatura al Senado. Resultó sorprendentemente derrotado por Christine O’Donnell, la candidata orgullosamente extremista del Tea Party, quien aboga por el libre derecho a las armas, la abstinencia sexual, el fin de los impuestos y la liquidación de todo el aparato estatal. Según el comentario irónico de Bill Clinton: “Para el Tea Party, incluso George W. Bush sería considerado un progresista peligroso.”
Jacob Weisberg, presidente de Slate, describe el movimiento emergente como uno conformado mayoritariamente por hombres adultos, de raza blanca y clase media, quienes se muestran iracundos ante la expansión de la acción estatal, y hostiles frente al cambio social. Pero tal composición es similar a la de otros grupos anteriores de derecha populista: el que promovió la revuelta contra los impuestos en California a finales de los setenta, o el que impuso el Contrato con América en 1994. Lo peculiar y novedoso del Tea Party sería la dosis importante de anarquismo que incorpora, su resistencia frente a autoridades de cualquier tipo, una autoexpresión beligerante expresada en sus disfraces y vestimentas, así como la carencia de un programa alternativo coherente respecto de las políticas denunciadas.
Tal vez la izquierda hippie de los sesenta es lo que más podría parecérsele en su desorganización, en su afirmación individualista y en la aspiración a subvertir ilusamente el orden establecido. Aunque a diferencia de la juventud y de las ilusiones de la izquierda de entonces, el Tea Party es un grupo de mayores que invoca nostálgicamente un paraíso de fundamentalismo constitucionalista y capitalista que nunca existió. Como si se tratara de las versiones gringas de Zavalita –“¿Cuándo se jodió EEUU? – reclaman el reestablecimiento del honor, el regreso a las raíces fundacionales de EEUU, y el reencauce de un país que se habría descarrilado en algún momento. Incluso, algunos se remontan, para marcar la fecha del inicio de esta eventual decadencia, a la Era Progresista, cuando supuestamente los presidentes Teddy Roosevelt y Woodrow Wilson habrían sembrado semillas socialistas en la sociedad norteamericana.
Más allá de la nostalgia, otra emoción muy potente en el Tea Party es el resentimiento, el transferir las responsabilidades de los problemas propios a otros, superiores o inferiores en la jerarquía social. Hay una hostilidad manifiesta con respecto a varias supuestas élites: la prensa liberal, los políticos tradicionales, los expertos tecnocráticos y los banqueros de Wall Street. A ellos incluso se les acusa de una promoción de los intereses de los pobres y de las minorías –incluso, en el caso de los banqueros, del de los muy ricos– en perjuicio del bienestar de la clase media, que es la que trabaja duro y paga sus impuestos.
Tal antielitismo no es nuevo en el Partido Republicano, con más seguidores en el interior de EEUU que en sus costas Este y Oeste, pero el Tea Party lo lleva a un extremo algo irreal. Que la prensa reitere que Barack Obama efectivamente nació en EEUU y que su familia es cristiana no hace sino alimentar ese escepticismo radical de quienes quieren acusarlo de islámico y extranjero. Sin mucho pie ni cabeza, por ejemplo, se le achaca al Presidente un plan secreto para restringir a los norteamericanos el uso de sus armas. Temas como el calentamiento global son considerados como un invento izquierdista sin sentido.
La nostalgia, el resentimiento y la negación de la realidad constituyen –según Weisberg– expresiones de una angustia que es consecuencia del temor a perder la posición social. No son los miembros del Tea Party las víctimas principales de la transformación tecnológica y económica, pero sí personas cuyo status está amenazado por los cambios. Como expresar un racismo explícito resulta inaceptable en la sociedad norteamericana, el Tea Party no verbaliza lo que subliminalmente sienten sus miembros: que el tránsito en EEUU de una sociedad mayoritariamente anglosajona, cristiana y blanca, a una múltiple y plural es algo peligroso que debe detenerse. Por ejemplo, la reforma en la Salud es ferozmente combatida por el Tea Party porque es vista como un mecanismo socialista encubierto para transferir ingresos de la clase media blanca a una minoría de pobres e inmigrantes ilegales.
Para los republicanos, la insurgencia del Tea Party constituye un arma de doble filo. Cómo canalizar esta energía e ira movilizadora sin sucumbir a propuestas incoherentes, no es tarea fácil. En su tiempo, el Partido Demócrata no pudo canalizar bien a la izquierda de los sesenta en EEUU. Como pasa usualmente con una rebelión de masas, éstas resultan difíciles de liderar, pacificar o diluir. Lo que en esencia el Tea Party hace es proyectar la ira de sus miembros ante un cambio que les es molesto; no necesariamente pretenden corregir lo que está mal. Convertir esta furia en un programa político alternativo, concluye Weisberg, podría traicionar casi la esencia misma del movimiento.
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