Cuando se listan las principales debilidades del Perú, suelen mencionarse la marcada desigualdad y la exclusión, el racismo y la discriminación social; así como una gobernabilidad difícil y compleja, agravada por la informalidad y la corrupción.
El indicador principal para medir la desigualdad –el índice Gini– fue desarrollado en 1912, por un estadístico italiano con dicho apellido. Un Gini de cero implica una condición de igualdad plena, una sociedad en la que todos reciben exactamente lo mismo; un Gini de 100, por el contrario, implica la desigualdad total, un mundo en el cual uno recibe todo y los demás nada. El país más igualitario del mundo es Suecia (con un Gini de 23); en el otro extremo, el más desigual es Namibia (con un Gini de 70). EEUU actualmente tiene un Gini de 45, que ha variado en el tiempo; Europa y Canadá, un Gini de 32. China tuvo en 1980 un Gini similar al actual europeo pero, después de tres décadas de acelerado crecimiento –y a pesar de ser gobernada por un partido comunista–, ya ha superado en desigualdad a EEUU. Los Gini en América Latina –una región que comparativamente sólo es superada en desigualdad por África– bordean los 50: el del Perú (52) es ligeramente inferior al de Chile (55), Brasil (57), Colombia (58) y Bolivia (59). Los de Argentina (46) y Costa Rica (48) están más cercanos a los niveles de EEUU y China. Este análisis sobre los ingresos también puede estimarse sobre la riqueza, aunque su cálculo resulta bastante más complicado.
Aplastando muchas libertades ciudadanas, y como consecuencia de una extendida intervención estatal, Cuba logró disminuir su Gini a cerca de 30. Pero dicha igualación terminó siendo una hacia abajo y, tras medio siglo de revolución, ha resultado en un fracaso evidente. Casi todos los cubanos en la isla son actualmente empleados estatales, pero con sueldos de apenas US$20 al mes. Y próximamente el gobierno sacará de su planilla a 500,000 cubanos, el 10% de la fuerza laboral, para incentivar así el desarrollo de pequeñas empresas que introduzcan un mínimo de mercado para estimular el crecimiento de su atascada economía. Lamentablemente, dicho esfuerzo será lento porque, por ejemplo, el estudio de las ciencias contables fue abolido en Cuba por confundírselas, ingenuamente, con un instrumento del capitalismo.
Como en China, la globalización ha ampliado la desigualdad al interior de muchos países. El acceder fácilmente a un mercado planetario en cualquier actividad induce –también en actividades como el deporte, la gastronomía y el arte– a que la diferencia entre lo que gana el mejor y el promedio pueda multiplicarse. ¿Resulta ello necesariamente malo? Puede que no necesariamente. Siempre que la población sienta que los mayores ingresos de los así favorecidos no corresponden a privilegios arbitrarios sino a una creación efectiva de riqueza, que los unos no le quitan a los otros, la tolerancia a la desigualdad podría aumentar. De hecho, por ejemplo, entre 2006 y 2009, los Gini del Perú y China aumentaron, pero también lo hicieron indicadores del sentido de bienestar en la población de ambos países.
El “abismo social” al que se refería Jorge Basadre como uno de los dos grandes males de la república peruana –consideraba que el “Estado empírico” era el otro– debiera, por ello, entenderse más como un problema de exclusión que de desigualdad; como los obstáculos, a veces sutiles pero reales, para que personas o grupos puedan integrarse adecuadamente a los sistemas de funcionamiento social. En el Perú, la era colonial pretendió establecer una estratificación basada en doctrinas racistas, que incluso buscaron evitar el mestizaje, proceso que, a la vez, no por desalentado fue menos masivo. Durante el Virreinato, la estratificación social era muy rígida: el español peninsular tenía más rango que el criollo, el negro africano contaba con menos derechos que el americano, y así. Incluso los castigos por un mismo delito podían variar según la raza o la casta. Dichos racismo y xenofobia, sin embargo, no han sido males exclusivos de la historia peruana o latinoamericana. Muchos otros países han sufrido traumas similares o peores que han podido superar. A veces, de maneras imprevistas. Recuerdo el comentario de un amigo indio quien me comentó cómo la aparición de la TV, por ejemplo, facilitó la disolución de barreras entre castas que, antes del invento, no podían compartir en India ni el espacio de esparcimiento.
Se podría afirmar que la sociedad peruana es más excluyente que otros países con similar ingreso por habitante, como Jamaica y República Dominicana en el Caribe, o Tailandia en Asia, o Bosnia en los Balcanes, porque el porcentaje de su población debajo de la línea de pobreza es comparativamente mayor. Pero ello no toma en cuenta lo agreste de la geografía andina. Con respecto a Colombia, por ejemplo, que tiene la desventaja del conflicto guerrillero en su territorio, el avance en la lucha contra la pobreza ha sido mayor en el Perú. Pero es claramente insuficiente y concentrado casi exclusivamente en las zonas urbanas. El Perú rural sigue siendo muy pobre. Y ello requiere de un esfuerzo que sea debidamente focalizado y eficaz en áreas como educación y salud.
Lamentablemente ello enfrenta el obstáculo del “Estado empírico”. Asimismo, desde fines de la Primera Guerra Mundial, fue mayoritaria la percepción de que una acción estatal social, cualquiera que fuese, contribuía al progreso. Dicha premisa empezó a ser rechazada a partir del último cuarto del siglo XX. Se volvió evidente que cuando el sector público transfería recursos, incluso de ricos a pobres, solía hacerlo con muy poca eficiencia. Que, muchas veces, el sector privado o las ONG resultaban más eficaces en lograr similares objetivos sociales. Por ejemplo, actualmente muchos analistas consideran que los microcréditos resultan más multiplicadores y beneficiosos para los más pobres que algunas donaciones estatales sometidas a arbitrio político. Asimismo, en educación, las mejores propuestas para mejorar el servicio estatal suelen venir de iniciativas de ONG –como Crea+ o Enseña Perú– financiadas por el sector privado.
Actualmente, por ejemplo, la mejor educación escolar en el mundo se ofrece en Corea del Sur, Finlandia y Singapur. Una educadora norteamericana realizó una investigación en esos tres países y descubrió que los sistemas educativos públicos tenían más características distintas que comunes. En Corea, por ejemplo, se exige mucho a los niños; en Finlandia, en cambio, no. Buscando similitudes que pudieran servir de referencia a otros países, la investigadora sólo encontró dos: una, bastante curiosa, que las clases tenían todas un proyector que les permitía a los profesores darles siempre la cara a sus alumnos y, dos, que los profesores de escuela primaria en Corea, Finlandia y Singapur provenían siempre del tercio superior de su respectiva generación. ¿Resultaría viable, en el corto plazo, lograr esos dos objetivos en el Perú?
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