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El verdadero Adam Smith

Edición de Diciembre 2010

Una última biografía escrita por Nicholas Phillipson –reseñada por Adam Gopnik en The New Yorker– ilumina algunos aspectos de la personalidad y creencias de Adam Smith en su doble faceta de descubridor del rol del mercado en la creación de la riqueza y de intelectual motivado por dilemas filosóficos y morales.

        Salvo por un extraño secuestro que sufrió de niño, del cual fue rescatado oportunamente por un familiar, la vida de Adam Smith podría parecerle a algunos aburrida por consistente y predecible. Nació (1723) en un pueblito de pescadores de Escocia. Estudió filosofía moral en Glasgow. Luego fue becado (1740) para estudiar en el Balliol College de Oxford, universidad a la que calificó “en decadencia”. Regresó (1749) a Edimburgo –ciudad que, en esencia,  Gopnik asemeja, en su reseña, al Chicago contemporáneo–. Poco tiempo le bastó para hacerse de un nombre por las interesantes clases y conferencias que dictaba. No se le conoció una pareja romántica y la mayor parte de su vida cohabitó con su madre viuda. Destacado profesor en una universidad de reconocido prestigio, publicó La teoría de los sentimientos morales (1759) y posteriormente viajó invitado (1764), por dos años, a Francia y Suiza. En París fue muy bien recibido por los fisiócratas (el primer grupo que se autodenominó “economistas”), con los que tuvo más de un debate. Después de regresar a  Escocia, pasó un tiempo en Londres escribiendo La riqueza de las naciones (1776). Fue luego convocado al sector público para un importante cargo en Aduanas (1778), que ejerció hasta su muerte (1790). Ya en su vida madura, las regalías de sus libros le permitieron un muy buen vivir.     

Claves en su formación intelectual fueron la influencia y la larga amistad que desarrolló con David Hume. Las autoridades de Oxford le confiscaron por herético un ejemplar del Tratado de la naturaleza humana, que Smith guardaba a escondidas en su cuarto de estudiante de Balliol. Cuando regresó a Edimburgo, Smith fue apadrinado por Hume, quien era su mayor por doce años. Los padres de ambos  habían muerto cuando ellos eran niños, lo que los asemejó en sus inquietudes y resistencias con respecto a las fuentes tradicionales de autoridad.

Muchas de las ideas de Smith vienen de Hume; por ejemplo, el concepto de “flujo” en la balanza comercial o  la “simpatía” como elemento esencial para el mercado. Pero Smith fue una personalidad intensa y vital, a diferencia de Hume, que fue un pensador más sereno y escéptico, de una indiferencia realmente estoica. Incluso, pocos días antes de morir, ya gravemente enfermo, Hume –que era ateo– invitó a Smith y a otros pocos amigos a una última cena para recordar y celebrar lo mejor de su vida.

Smith fue un orador inspirado, que muchas veces  improvisaba en clase. De allí el valor de algunos apuntes de sus alumnos. Adquirió también fama de profesor distraído porque andaba por las calles murmurando en voz alta sus argumentos para un futuro e imaginario debate. La teoría de los sentimientos morales constituye una colección de sus mejores clases, donde hace referencia al resentimiento, a la venganza, a la virtud, a la admiración, a la corrupción y a la justicia. Introduce en dicho libro el concepto del “espectador imparcial” que algunos consideran que constituye un adelanto al superyó de Freud.

Un apunte de clase de uno de sus alumnos recoge bien las reflexiones de Smith sobre el mercado: “El hombre necesita continuamente de la asistencia de otros y debe encontrar alguna manera de procurar dicha ayuda. Esto no sólo puede hacerlo presionando y cortejando; tampoco puede esperar tal asistencia si no invoca que favorece también a la otra parte. El amor puro no bastaría para eso, hay que aplicarlo, de alguna manera, a tu propio egoísmo. El mercado tiene la virtud de que facilita esto”. Aunque el  mercado no constituye la expresión más elegante de la simpatía humana, Smith afirma que es la más eficaz.

Son tres los argumentos revolucionarios de La riqueza de las naciones. Los fisiócratas franceses planteaban que la fuente de la riqueza nacional provenía de la agricultura, porque sólo en el campo se producía algo de casi nada. Contra esa creencia tradicional, predominante por entonces, Smith argumentó que los alfileres y guantes producidos en la fábrica de cualquier ciudad, al ser vendidos por dinero, también aumentaban la riqueza de dicha sociedad.  

Por entonces, era común suponer que la riqueza de una nación dependía de cuánto oro y plata tenía en sus cofres. El segundo argumento de Smith fue que la riqueza proviene de lo que uno es capaz de producir, no de lo que uno atesora. Quien puede producir lo que otros requieren, puede comprar luego el oro y la plata que necesita. “El oro y la plata –escribió Smith– son utensilios, equivalentes a muebles de una cocina”.

Reconocidos estos nuevos paradigmas, el tercer argumento de Smith se cae por maduro: el aumento en la productividad constituye la principal fuente de riqueza de una nación. Las personas se enriquecen cuando pueden producir más cosas que ayer y para ello se requiere que alguien haya inventado una nueva máquina o planteado un nuevo método de fabricación. La prosperidad proviene, principalmente, de la productividad.

El concepto de la “mano invisible” de Smith requiere de la idea compensadora previa del “espectador imparcial”, ya que no es el instinto animal lo que induce a los humanos a comerciar, a intercambiar y a invertir. Los animales cazan para sobrevivir. El mercado constituye una expresión superior de la condición humana que se basa fundamentalmente en la confianza y la simpatía.

No fue Smith un defensor incondicional del laissez-faire. Reconocía que el precio en un mercado podría no ser el mejor, ya que los productores, por ser menos que los consumidores, podían concertar precios y evitar la plena  competencia. Que en esos casos era tarea del gobierno restaurar las condiciones de un mercado libre.

También fue Smith un firme creyente en la importancia de los bienes colectivos. Consideraba que el gobierno debía velar por la infraestructura, la seguridad ciudadana y la institucionalidad necesaria para que los mercados funcionaran naturalmente. Consideraba  adecuado financiar los caminos y puentes con peajes, pero reconocía que cuando esto no era posible o deseable, el pago debería hacerse con los impuestos que abonaran todos, reconociendo que a los ricos les correspondía una cuota  proporcionalmente superior.     

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