Una charla ficticia entre dos limeños al borde de los 30 años que, desde la antipatía política, discuten cómo podrían haber cambiado sus vidas si la llamada "licencia social" hubiera existido siempre en la capital
POR ROBERTO CASTRO LIZARBE
Bar La Calesa, calle Manuel Bañón, San Isidro, alguna madrugada de enero del 2011. Conversación entre dos amigos que estudiaron en el mismo colegio y hoy son profesionales exitosos.
Santiago (S): Dale, Zambo, llama al mozo y ponte el último par de piscos, que te toca a ti, y esto ya está por cerrar en un rato.
Ambrosio (A): Bueno, Zavala, bueno. Pero tampoco me apures porque esto pasa por tu culpa. Tu alcaldesa ya comenzó con sus cosas y ahora resulta que nos cierran el sitio temprano por el bendito Plan Zanahoria. Habrase visto: hice mi MBA en Barcelona y el curso ése en Chicago, me he paseado por varios sitios y jamás, jamás he visto una ciudad donde te digan que a tal hora ya no puedes comprarte un trago.
S: Ándate a Bogotá y vas a ver que desde 1996 el alcalde ése al que le hicieron tanta propaganda en tu universidad, Mockus, lo aplicó y le funcionó. Y también lo hicieron un tiempo en Caracas, Asunción y en Quito, aunque no salieron las cosas tan bien. Pero en realidad, Zambo, yo no estoy de acuerdo con esta medida de Susana; entiendo la idea de fondo, pero no estoy de acuerdo para nada.
A: Claro, qué vas a estar de acuerdo. Si le leí el otro día a tu ídolo, el abogado Bullard, un post en semanaeconomica.com en que decía que dado que había entre 3,000 y 4,000 accidentes de tráfico en Lima por año, sería mejor prohibir el uso de automóviles. Y que como todos los veranos había muchos ahogados en las playas, también sería bueno impedir que hubiera bañistas. Todo eso en ironía, claro, para demostrar que la norma de tu alcaldesa no tiene pies ni cabeza. Con Lourdes nada de eso habría pasado.
S: Puede ser. Pero querría saber si tu Lourdes hubiera sido tan frontal contra las combis, hermano. Ahora no va a entrar una sola más, y eso es un alivio porque el principal problema de Lima –según todas las encuestas– es el transporte. Además permitir las combis fue una medida temporal que dio el gobierno de Fujimori a comienzos de los noventa para que sólo se aplicara unos años, y después nadie se atrevió a levantarla.
A: Bueno, sí, allí sí te doy la razón. Sabes, Zavala, que mi abuelo, que en paz descanse, alguna vez fue chofer y él decía siempre que Lima se había jodido el día en que dejaron circular a las combis. Que antes manejar era lo más tranquilo que había y que todas las avenidas tendrían que haber sido construidas, así como el Zanjón, que lo hizo Bedoya en los sesenta a pesar de que todo el mundo estaba en contra de que partieran a la ciudad con un hueco tan horrible. Imagínate entonces cómo estaríamos ahora con combis y sin Zanjón si hubiera habido siempre la licencia social que promueve tu alcaldesa.
S: Ésa ya me la contaste, Zambo, la vez que saliendo del colegio en cuarto de media te peleaste con ese cobrador que no te quiso reconocer el pasaje escolar. Y tú sabes que yo admiro a tu familia porque fue gente chambera que supo salir adelante, y sobre todo a tu abuelo porque desde lo poco que tenía supo ahorrar, darle una buena educación a tu viejo y ahora mira a dónde llegaste tú, un administrador de la Pacífico con estudios afuera y consagrado como gerente de marca. Pero en ese punto creo que la visión de tu abuelo, con todo respeto, era recontralimitada porque a ver quiénes tendrían que haber votado para aprobar una obra como el Zanjón, que afectaba a toda la ciudad desde el Centro hasta Chorrillos. Les podrá haber fastidiado a los que vivían en pleno Paseo de la República y dejaron de tener vista a una berma tipo parque, pero no a los que se iban a movilizar de un lado a otro, que son muchos más. El tema es a quién haces la consulta.


A: Oye, Zavala, no fastidies, ¿quieres? Tú serás abogado pero eres hombre de negocios y sabes bien que no es económicamente viable hacer un plebiscito o una votación para cada obra grande que se haga, porque sólo una elección municipal complementaria, que vendría a ser algo más o menos parecido, le cuesta al Jurado Nacional de Elecciones como S/.5.4 millones. O sea que si quieres hacer una consulta la vas a terminar haciendo a los vecinos a los que les afecta la obra –como tu misma alcaldesa ha dicho–, y ellos siempre van a estar en contra. ¿No te acuerdas de tu tío ése el ex marino que vivía allí en la urbanización Neptuno, frente al Jockey Plaza? ¿Tú no parabas contando en el colegio cómo reventaba en cólera por la obra que le estaban haciendo y los carteles que ponía junto con todos los vicealmirantes que habían construido allí sus casas para vivir tranquilos y les fregaron la vista? Imagínate cómo habría sido nuestra vida si no hubiera habido Jockey: a ti, a mí y a toda la gente de nuestra generación cuando éramos niños no nos dejaban salir ni al parque por miedo a los terroristas. Y cuando crecimos el único sitio al que podíamos ir más o menos tranquilos, y sobre todo el único sitio al que les daban permiso a las chicas para ir, era al Jockey. Así que no me digas que nos conviene la licencia social porque nuestra vida nos demuestra que no es así.
S: Tranquilo, Zambo, relájate y piensa un poco. Te doy la razón en que somos de una generación marcada por el terrorismo y por la inseguridad. Pero el Jockey se hizo en 1997, y en esa época ya no había atentados como antes. Además, un amigo, José Antonio, que es un constructor de centros comerciales que siempre trata de parecer de low profile pero que en realidad la rompe en el tema, siempre dice que el Jockey es el paradigma de lo ideal para la industria porque cumple con las cuatro condiciones de un mall exitoso: está junto a vías de alto tránsito metropolitano, su entrada está en el camino de regreso a casa, se pueden ver tiendas en su frontis y, sobre todo, mira en 360 grados a su alrededor. Son pocos los terrenos en Lima que cumplían con esas condiciones, y explicándole bien eso a la gente se tenía que entender que era una buena idea. Mira ahora: el Jockey recibe a público de todos los niveles socioeconómicos.
A: Yo creo que estás sobreestimando el criterio de las personas. Esa idea puede ser muy bacán en términos de inclusión social y cosas que gente como tú o yo entiende y valora, pero a los vecinos les importa cómo cambia el valor de su predio, y a esa gente que vivía al frente el precio de la propiedad se les redujo. Allí cerca nomás, cuando Belmont hizo el Trébol, los vecinos del lado de San Borja se quejaron con el alma, y ya te imaginarás cómo estaríamos ahora sin esa obra: ¡la Panamericana era una carretera con semáforo en el cruce con Javier Prado! Una cosa de locos. El otro día leí algo que decía el gerente de Colliers, Eric Rey de Castro, sobre cómo el asunto funciona al revés en las zonas emergentes: allí la gente está feliz de que les pongan tiendas grandes al lado de sus casas no sólo porque es una señal de progreso, sino sobre todo porque sus propiedades comienzan a valer más. En Tottus de Atocongo, por ejemplo, se bajaron la vista a la carretera de algunas casas del cerro, pero todo el mundo que vive en esa parte de San Juan de Miraflores está feliz con la tienda porque ahora la zona es comercial y el precio al que pueden revender puede ser hasta cuatro veces el comparado con el residencial. Y ahora, eso que dices de los 360 grados... Es bien relativo; mira Larcomar.
S: Bueno, Larcomar es un caso en sí mismo. Y allí también había unas marchas de protesta vecinal, que mejor ni te hago acordar. En esa época mi abuelo, que de joven tenía su casita en Porta y hace décadas está autoexiliado en Vancouver porque se fue decepcionado del Perú creyendo que el país no tenía arreglo, echaba humo por teléfono cuando le contaba que se estaban tumbando el Parque Salazar y la Concha Acústica. Tengo allí guardado un recorte de El Comercio sobre el tema; nunca me olvidaré la fecha: 20 de agosto de 1997, firma el artículo Martha Meier: "Una propuesta arquitectónica totalmente desvinculada de las necesidades reales de la ciudadanía, y desarticulada de lo que debiera ser el desarrollo armónico de una comuna alguna vez considerada ejemplo ecológico". Así se hablaba de Larcomar, y hoy es el primer sitio en el que convergen todos los turistas que pasan por Lima, donde están las tiendas más elegantes, las discotecas de moda.
A: Hay que tomarlo con pinzas, Zavala. Yo coincido contigo en que Larcomar es un emblema de Lima hoy, pero la verdad es que nunca me ha terminado de cuadrar eso de que se hagan obras en plena playa y que te tapen la vista al mar. Eso de Cala, por ejemplo... Creo que allí los vecinos de Barranco sí tenían razón, preferiría la vista completa, igual con ese asunto del Lima Marina Club que están haciendo. No me convence; para ese caso sí creo que aplicaría tu licencia social.
S: No te pases, pues, Zambo, ¿o sea unas con guitarra y otras con cajón? O aplicas la licencia social o no la aplicas. En Barranco protestan por todo; a veces con razón, como con el edificio ése que cortó el Malecón que legalmente –te diré– tiene un documento de hace no sé cuántos siglos que avala la obra, y otras veces no sé con cuánta razón como con El Metropolitano, que ha transformado toda la avenida Bolognesi y alterado el tráfico por San Martín, pero la verdad no tenía otro lado por dónde pasar. Y no me vengas con el asunto de obras frente al mar, que si fuera por eso, en su momento tampoco habrían construido el restaurante Costa Verde, al que han cuestionado cien veces con que si Modenesi tal o cual cosa, y, por tanto, tampoco habría existido el Grill, y, por tanto, tú no habrías tenido allí tus fiestas de parciales, ni tu caminatita frente al mar después del tono con Fiorella, ni...
A: Ya, ya, no me desvíes el tema con recuerdos que me pongo feeling, y de eso no estamos hablando. El punto es que hay tipos de obra que son diferentes porque tienen que ver con el entorno natural. Pasa con la vista al mar y pasa también con los parques a los que los llenan de cemento. Felizmente todavía existe El Olivar.
S: Claro, o sea que tú en 1993 habrías estado en las marchas con esos vecinos que le dijeron su vida entera a Andrade cuando decidió modernizar el Parque de Miraflores y cambiar esas bancas de madera horrorosas que había allí. Me acuerdo de que hicieron hasta un programa en Fuego cruzado sobre el tema y una señora histérica le quería robar el micrófono a Mariella Balbi para no dejar hablar a los de la municipalidad. Lo mismo pasó en Lince; allí en el parque donde me alquilé un cuarto un par de años para tener un sitio donde quedarme algunas noches más cerca de la Católica: al alcalde Gonzales le dijeron su vida entera por querer poner vías de cemento y un puente con una lagunita, y al final eso mejoró todo el entorno. Cuando yo me quedaba por allí tenía que alquilar una cochera porque si dejaba mi auto en el parque, había 50% de posibilidades de que me lo robaran. Ahora se puede caminar de noche de lo más relax: hay iluminación y seguridad en casi todos los extremos del parque. Y ahora definitivamente no me podría alquilar el cuarto con el mismo presupuesto que tenía, porque los precios han subido.
A: Yo sigo en desacuerdo con meter cemento a los parques, pero allí mismo está la respuesta a tu pregunta, Zavala: con licencia social Gonzales no podría haber cambiado el parque de Lince. Y lo otro que no puedes olvidar es que, por más que él no haya sido ningún santo de mi devoción, los que le hicieron la guerra allí eran principalmente sus adversarios políticos, y que eso podría pasar en cada consulta vecinal que hagas. Es un riesgo muy alto. Yo coincido con el arquitecto Orrego, al que también lo leí en semanaeconomica.com: la construcción con licencias es sólo el 30% de las obras que se han ejecutado en Lima. En esta ciudad es muy difícil obtener una licencia, y si para obtenerla se va a consultar a los vecinos, éstos siempre van a tender a tener una visión doméstica del problema.
S: Yo más bien sigo pensando que todo pasa por cómo plantees el tema y que se vea la licencia social, más que como un plebiscito, como una figura de consulta formal para que el vecindario esté informado del impacto de las obras y de los beneficios que ellas les pueden reportar. Además, acuérdate que la licencia social no es vinculante.
A: Y yo te pregunto a ti que eres bien hincha de la 'U': ¿crees que tendrías estadio si a los vecinos de Santa Patricia o Mayorazgo les hubieran preguntado por el Monumental antes de hacerlo? ¿Qué beneficio les reporta eso a ellos, que ya no pueden tener ni siquiera ventanas en sus casas porque se las rompen siempre? Ahora que el Nacional está cerrado, ya te querría ver si no existiera Monumental: los dos últimos años tendrías que haber estado jugando de local en tu viejísimo Lolo Fernández de Breña, qué tal honor.
S: Claro, Zambo, como la salida de tu estadio de Alianza es tan pacífica... ¿O tú crees que a los vecinos de la Unidad Vecinal de Matute o de Mendocita no les rompen lunas? Y no me vengas con el argumento de las zonas emergentes porque La Victoria no lo es. Lo que pasa es que al final caes en la cuenta de que estas quejas vecinales se concentran en Lima moderna, porque sus distritos son las zonas donde la gente ha tenido posibilidades de tener expectativas urbanas sobre los sitios en los que eligió vivir. En otros distritos, en cambio, se resignan a aceptar lo que una ciudad en la que la planificación urbana no existe les impone con su crecimiento desordenado.
A: Por fin estamos de acuerdo, Zavala, salud por eso. Y ahora mismo pido el último par de piscos antes de que por culpa de tu alcaldesa me cierren el bar.
S: ¡Pero si La Calesa siempre ha cerrado a las 2 de la mañana y el Plan Zanahoria rige a partir de las 3, Zambo! No tiene nada que ver en este caso.
A: Qué importa, igual estoy en contra.
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