Son autores de los más horrendos crímenes y, sin embargo, pasan casi inadvertidos. El neurocientífico Kent Kiehl trabaja para descifrarlos y curarlos.
POR GEORGE SIMONS
“¿Tiene usted enamorada?”, preguntó impávido el detenido al psiquiatra de la facilidad correccional de Western New México. Apenas respondió con una leve sonrisa y el recluso prosiguió. “Considero que es muy importante practicar las 3C en una relación: comprensión, cariño y comunicación”. Antes de esta sobria recomendación, el psicópata había explicado al doctor Kent A. Kiehl, de la Universidad de Nuevo México, cómo secuestró a una joven, la amarró a un árbol y, tras violarla por dos días, le cortó la garganta.
Todas las culturas tienen una palabra para referirse a los psicópatas. Por ejemplo, los Yupi Eskimos los llaman kunlangeta y la tribu nigeriana Yoruba los denomina arankan. La historia está llena de psicópatas. Entre los más tristemente memorables se cuenta al aristócrata francés Gilles de Rais (1404-1440), compañero de armas de Juana de Arco, quien violó a innumerables niños y mujeres, y los ofreció después en misas negras a Satanás. Otro célebre caso fue el de la condesa de Ecze (hoy día en Hungría), Erzebeth Bathory (1560-1614), quien ideó las más horrendas torturas en más de 650 mujeres, y cuya biografía cuenta la surrealista Valentine Penrose en La comtesse sanglante. Cabe mencionar que éste es un ejemplo realmente insólito, ya que las psicópatas mujeres son escasas; el porqué, es aún un misterio para la ciencia.
De acuerdo con un artículo de Scientific American Mind, entre el 0.5% y el 1% de la población de Estados Unidos son psicópatas. Si se descuenta a niños y mujeres y a aquellos que están tras las rejas (que del total de encarcelados se estima que entre el 15% y el 25% sean psicópatas) un aproximado de 250,000 psicópatas están libres en Estados Unidos, y pueden no cometer nunca un crimen; sin embargo, padecen la patología. Lo más inquietante es que estos individuos pasan inadvertidos.
Muchos psicópatas no son violentos –de la misma manera que todas las personas violentas no son psicópatas–; por ejemplo, se presumía que el autor de la matanza del 16 de abril del 2007 en Virginia Tech, Seung-Hui Cho, era un psicópata. Tienden a ser personas encantadoras y son, por lo general, más inteligentes que una persona promedio, pero de acuerdo con los testimonios de aquellos que conocían a Seung-Hui Cho, éste era extremadamente tímido y solitario.
A veces ni siquiera presentan cuadros psicóticos. En contraste con esquizofrénicos que, por ejemplo, pierden la noción de la realidad y se muestran confundidos o ansiosos, los psicópatas la mayor parte del tiempo no se dejan llevar por meras pulsiones o deseos y siempre actúan racionalmente. Es más, son siempre conscientes de que sus acciones pueden ser ilegales y hasta enfermizas, aunque prescinden fácilmente y con total despreocupación de las exigencias morales más universales; empero, no socializan de manera extraña.
El psiquiatra norteamericano Hervey Cleckley, en su libro de 1941 The Mask of Sanity, sostuvo que los psicópatas tan sólo pueden percibir superficialmente la belleza y la fealdad, mientras que la bondad, el mal, el amor, el miedo, el humor no tienen un sentido rotundo ni el poder de movilizarlos o predisponerlos.
Según Kent A. Kiehl, los psicópatas carecen totalmente de empatía. Por medio de electroencefalogramas, los científicos han descubierto que están impedidos de sentir emociones, así como de leer las de los demás. Las personas regulares hacen sentido del mundo que los rodea principalmente mediante sus emociones, a partir de las cuales desarrollan sentimientos de pertenencia y propósito. Según la tesis de Kiehl, publicada en Psychiatry Research del 2006, la psicopatía la causa un defecto en el sistema paralímbico, región del cerebro encargada de procesar emociones, inhibiciones y controlar la atención; a partir de la cual las palabras cuentan apenas con un significado meramente lingüístico mas no emocional. Su naturaleza depredadora les permite mimetizarse con las personas comunes, aparentando emociones y hasta cierta responsabilidad y preocupación social.
En 1960 Robert Hare, psicólogo residente de una prisión de máxima seguridad en Vancouver, leyó a Cleckley y decidió dedicarse de por vida a investigar la psicopatía. Fruto de sus investigaciones fue el Psycopathy Check List (PCL), como se denomina en inglés al instrumento de diagnóstico de la psicopatía. Está conformado por una batería de preguntas hecha sobre la base de 20 criterios, cada uno de los cuales es valuado en una escala de 0, 1 ó 2 puntos. Estos criterios incluyen mentiras patológicas, propensión al aburrimiento, promiscuidad, entre otros, los cuales son evaluados durante una entrevista personal. Tales preguntas son contrastadas con sus expedientes policiales y registros criminales. El puntaje más alto es 40, que significaría sacar 2 en todos los criterios; cualquier persona que llega a los 30 puntos bien podría ser considerada un psicópata. Todas las personas reciben una puntuación dentro del espectro del test. La persona promedio obtiene 4, pero existen muchos que alcanzan entre 10 y 20 que no son considerados psicópatas.
Otro mito asociado a la psicopatía es que no se cura. Sin embargo, los estudios de la psicóloga Jennifer Skeem de la Universidad de California concluyen que sí presentan mejoras sustanciales con ciertos tipos de terapias, salvo con las terapias grupales. Según Skeem, por cada US$10,000 gastados en terapia para jóvenes con tendencias psicopáticas, se ahorrarían US$70,000 en gastos carcelarios de mantenerlos en prisión. Por otro lado, según con los estudios de Kiehl, los costos devenidos de actividades psicópatas oscilan entre US$250 mil millones y US$400 mil millones anualmente; sin embargo, muy poca atención y fondos se han dedicado al estudio de la psicopatía, justamente porque se cree que es un mal incurable. “Llama la atención que enfermedades mentales como la esquizofrenia reciban millones de dólares para la investigación, pero que la psicopatía, que causa millonarios estragos y cientos de víctimas al año, no reciba mayor atención”, sostiene Kiehl en su artículo publicado en la revista American Mind.
La posibilidad de encontrar una cura motiva el nuevo proyecto emprendido por Kiehl, quien aprendió del mismo Hare a usar el PCL. Ahora él da un paso adelante en cuanto al diagnóstico y cura de esta patología junto con el National Institute of Mental Health and Drugs y la John D. and Catherine T. MacArthur Foundation. Complementa este test usando la tecnología de un escáner cerebral MRI portátil. En los siguientes 10 años, Kiehl espera recopilar información de 10,000 psicópatas con escaneos de sus cerebros, muestras de ADN y registros de sus casos. Esta base de datos servirá para los futuros psiquiatras y neurocientíficos que quieran especializarse en este marginado campo de la psiquiatría. Con suerte éste será el primer paso para buscar la cura de esta patología.
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