Opinión

La agonía del Buen Vivir

Edición de Enero 2011

La oposición entre el Buen Vivir y el vivir mejor es a la oposición entre el proteccionismo y el libre mercado.

Por Miguel E. Santillana*

*Investigador principal del Instituto del Perú-USMP

Sin_t_tulo-26_mediumLas organizaciones que dicen representar a las comunidades indígenas del Abya Yala o América defienden el concepto del Sumak Kawsay o Buen Vivir, en oposición al “vivir mejor”, como un modelo de vida o de desarrollo más justo, sostenible y ecológico. En países donde los grupos indígenas tienen una importante presencia en la vida política nacional, se ha incluido el concepto del Buen Vivir en sus respectivas constituciones como el objetivo social a ser perseguido por el Estado y por toda la sociedad. Es el caso de las constituciones de Ecuador (20 de octubre del 2008) y Bolivia (7 de febrero del 2009).

Las nuevas constituciones de Ecuador y Bolivia establecen un "Estado de derechos" que se fundamenta en los denominados Desca, o derechos colectivos y ambientales, en que el Estado se convierte en garante y actor de tales derechos, desplazando la prioridad dada a las garantías individuales que aparecen en toda Constitución de tradición liberal republicana. Buscan desarticular el modelo de Estado de derecho y economía social de mercado para pasar de una "constitución de libertades" a una "constitución del bienestar" basada en el Sumak Kawsay.

En oposición al vivir mejor occidental (que identifican directamente con la lógica neoliberal), el Buen Vivir propone un modelo de vida que dice ser mucho más justo para todos. Entienden que para que exista una sociedad de despilfarro debe existir un Tercer Mundo que provea materias primas y mano de obra barata. La mayoría de la población mundial tiene que “vivir mal” para que unos pocos “vivan bien”.

El Buen Vivir dice buscar una distribución más equitativa del ingreso y de la riqueza. Sin saberlo anteponen al homus economicus –sustento teórico de la economía neoliberal– el homus satisfactorius o de racionalidad limitada definido por el economista Herbert Simon (Premio Nobel de Economía 1978). En vez de propugnar el crecimiento continuo, se busca lograr un sistema que permita la convivencia del hombre y de la naturaleza en un estado de equilibrio atemporal. En lugar de mirar la evolución de las naciones por datos referentes al producto bruto interno (PBI) u otros indicadores económicos, el Buen Vivir se guía por conseguir y asegurar lo mínimo indispensable, lo suficiente para que la población pueda llevar una vida simple y modesta, pero digna y feliz.

El Buen Vivir no puede concebirse sin la comunidad; por ello se rechaza el individualismo capitalista, la monetización de la vida en todas sus esferas, la deshumanización de las relaciones sociales y la relación utilitaria que establece el hombre con la naturaleza. El escenario donde surge esta filosofía es el campo, donde reina la madre naturaleza. En estas zonas, los pueblos ancestrales, dedicados a la agricultura, caza y/o recolección, generaron una serie de mitos y conocimientos ligados a su interacción con la naturaleza. A partir de las poblaciones migrantes a las ciudades, se busca adaptar el concepto a las zonas urbanas mediante asambleas de barrio, búsqueda de espacios comunes de socialización, huertos urbanos, cooperativas de consumo, etc.

El Buen Vivir y su apuesta por un desarrollo a pequeña escala, sostenible y sustentable busca garantizar una vida digna para todos, a la vez que la supervivencia del planeta. En este sentido, existen muchas similitudes con el “movimiento por el decrecimiento”.

El decrecimiento es una corriente de pensamiento fundada en el simple hecho de la imposibilidad de mantener una economía siempre expansiva, que tiende al crecimiento ilimitado, en un planeta con recursos naturales limitados. Nació a principios de los años 70 de la mano del economista estadounidense de origen rumano Nicholas Georgescu-Roegen (tutor del economista peruano Adolfo Figueroa en la Universidad de Vanderbilt). Su propuesta tiene por corolario un profundo cambio de sistema económico, productivo, ético y social. La idea sería poner límites al crecimiento económico. Pero de tal forma que, más que decrecer, –palabra que denota recesión– se apostara más bien por el acrecimiento, es decir, el salir de la lógica del crecimiento perpetuo.

El Desarrollo Sostenible (concepto acuñado en 1987), frase de moda en el discurso oficial de tantos gobiernos y economistas, sería para los defensores del decrecimiento una contradicción en sí misma. Basándose en indicadores económicos alternativos al PBI (medición que olvida la destrucción del tejido social y del ambiente), como la Huella Ecológica o el Índice de Desarrollo Humano (IDH), los decrecentistas aseguran que continuar creciendo es antónimo de sostenibilidad. Para ellos, es un hecho probado que, desde 1980, el ser humano consume al año más recursos y genera más residuos, de lo que el planeta es capaz de asumir y regenerar. Con lo que desarrollo (entendido como crecimiento) y sostenible serían dos palabras contrarias; un sinsentido.

La propuesta decrecentistaes volver a los niveles de consumo previos a 1980, cuando nuestra presión sobre el medio ambiente estaba en equilibrio con la capacidad de éste de regenerarse. No hacerlo, y seguir creciendo a expensas de lo insostenible e inviable del sistema, es abocarse al desastre tarde o temprano. Es comprometer nuestro futuro y el de las generaciones venideras. Se impone entonces una apuesta por la racionalización de la economía, palabra cuya primera definición en el diccionario de la RAE es “administración eficaz y razonable de los bienes”. Si el ser humano no es capaz de comprenderlo y ponerlo en práctica de forma civilizada, se llegará al colapso.

Pero una vez más se demuestra que la lógica económica tiene mecanismos que aniquilan las buenas intenciones o el voluntarismo poco razonado. Tanto Rafael Correa en Ecuador como Evo Morales en Bolivia han vuelto a apostar por dar un papel central al Estado en la planificación de la producción, con lo que han reducido el papel del mercado; se ha reinstaurado un sistema proteccionista arancelario bajo la frase “soberanía alimentaria”, rechazando el libre comercio. En lo social se promulga un modelo asistencialista en la educación, salud, servicios básicos e infraestructura ejecutado por el sector público, se restringe o regula fuertemente al sector privado, y se cierran las puertas a la privatización y la libre competencia en tales áreas. Los peruanos sabemos, luego de un costoso aprendizaje, que eso no funciona en el mundo actual. Nos puede agradar o no la globalización, pero existe y hay que adaptarse. No ganamos nada negándola.

Y nuestros vecinos lo están aprendiendo a golpes. Ni Ecuador ni Bolivia tienen fuentes de inversión extranjera que no sean Venezuela, China e Irán (que cobran tasas por encima que la banca multilateral o comercial). No pueden mantener su infraestructura (en Ecuador hay déficit de electricidad a pesar de pertenecer a la OPEP y en Bolivia los gasoductos se caen a pedazos, las reservas de gas probadas son un tercio de lo que se suponía que tenían y no hay exploración; ahora se tiene al Ejército haciendo labor de panaderos). No pueden dar a su población todo lo que prometieron en sus nuevas constituciones, no pueden mantenerse los subsidios generalizados (por ello el reciente “gasolinazo” de Morales, y ya viene el de Correa). Sus empresarios están migrando masivamente al Perú; no por traidores sino porque nuestro país ofrece mejores condiciones.

Tanto en Ecuador como en Bolivia, para añadir grados de complejidad a la convivencia de los tres poderes tradicionales del Estado (Ejecutivo, Judicial, Congreso), se ha instaurado el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, una suerte de corporación del poder popular formada por los antiguos organismos de control constitucionales y por movimientos sociales designados por el Ejecutivo que juzgarán lo constitucional o no de las políticas públicas y la legislación. Y si a esto le sumamos que se les ha dado una suerte de soberanía a los pueblos indígenas en sus territorios, el caos burocrático administrativo está asegurado.

El Buen Vivir pronto pasará a mejor vida, pues las masas que encumbraron a Correa y Morales serán las que los desalojen del poder. Cuando esto suceda, quien denuncie una conspiración yanqui no entendió nada.

 


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