La aparentemente irreversible tendencia hacia un análisis económico menos científico y más empírico
Por Robert J. Shiller*
* Profesor de Economía de la Universidad de Yale y economista en jefe de MacroMarkets LLC
NEW HAVEN.- El interés por la economía popular está creciendo: el público sigue de cerca libros, artículos, blogs y conferencias públicas sobre el tema.
Hace poco participé en un panel de análisis sobre este fenómeno en la reunión anual de la Asociación Económica de Estados Unidos en Denver. En las discusiones surgió una aparente paradoja: la expansión de la economía popular se produce en un momento en el que el público parece haber perdido la fe en los economistas profesionales, ya que casi ninguno de nosotros pudo predecir y ni siquiera advertir la actual crisis económica, la más grande después de la Gran Depresión.
Entonces, ¿por qué el público está comprando más libros escritos por economistas profesionales?
La explicación más persuasiva que escuché es que la economía se está volviendo más interesante porque parece que dejó de ser una disciplina acabada y cerrada. No es divertido leer un libro o artículo que dice que las previsiones económicas las deben explicar modelos de computadora que usted, el lector general, no podría entender si no tiene un doctorado.
Y la verdad, el público tiene razón: si bien estos modelos tienen una base científica, también pueden estar muy equivocados. Algunas veces necesitamos apagar el piloto automático y pensar por nosotros mismos y usar lo mejor de nuestro intelecto humano cuando se produce una crisis.
Todos los panelistas opinaron, de una forma o de otra, que la economía popular facilita el intercambio entre los economistas especializados y el público –un diálogo que, por cierto, nunca había sido tan importante–. Después de todo, la mayoría de los economistas no vio venir esta crisis, en parte porque se había alejado de lo que hacían y pensaban las personas en el mundo real.
Una economía popular efectiva requiere en cierta forma que el lector o el oyente participen como colaboradores. Ello, por supuesto, significa que los economistas deben estar dispuestos a incluir teorías nuevas y originales que aún no se han convertido en doctrina entre la comunidad de especialistas.
Hasta no hace mucho los economistas profesionales se habrían negado a escribir un libro popular. Ciertamente, ello no habría sido visto favorablemente con miras a una posición académica permanente o una promoción. Como no incluye ecuaciones o tablas estadísticas, los profesionales argumentarían que no es un trabajo serio y que no es digno de análisis académico.
Peor que eso, al menos hasta hace poco, un comité de evaluación de un economista probablemente habría pensado que escribir un libro de economía popular que no repite la sabiduría generalmente aceptada de la disciplina podría no ser profesionalmente ético.
Imaginemos cómo vería la comunidad médica a uno de sus miembros que recomendara al público alguna terapia que aún no ha pasado por el escrutinio de las autoridades competentes. Los profesionales médicos saben que a menudo las terapias nuevas aparentemente prometedoras, después de un estudio minucioso, resultan ineficaces o incluso perjudiciales. El proceso de evaluación académica de las propuestas de nuevas terapias es muy riguroso y va aunado a los altos estándares de investigación que aplican las publicaciones científicas profesionales. No es profesional eludir ese proceso y promover ideas nuevas ante el público que no han sido probadas.
En las décadas previas a la actual crisis financiera, alentados por las tendencias de investigación, los economistas empezaron poco a poco a verse a sí mismos y a su profesión de la misma manera. Por ejemplo, después de 1960, cuando la Universidad de Chicago empezó a crear una cinta de computadora Univac que contenía información sistemática acerca de millones de precios de acciones, se interpretó que numerosas investigaciones científicas sobre las propiedades de los precios de las acciones confirmaban la “hipótesis de los mercados eficientes”. Se pensaba que las fuerzas competitivas en las que se basaban las bolsas de valores llevaban a los precios de todos los títulos a sus valores fundamentales reales. Todos los esquemas de intercambio que no se sustentaban en esta hipótesis se consideraban erróneos o fraudes abiertos. La ciencia había triunfado sobre los expertos de los mercados cambiarios –o eso parecía–.
La crisis financiera le dio una sacudida fatal a esa confianza exagerada en la economía científica. No se trata sólo de que la profesión no predijo la crisis. Sus modelos, al seguirse al pie de la letra, algunas veces sugerían que una crisis de esta magnitud no podría producirse.
Una forma de interpretar esto es que la profesión económica no estaba tomando en cuenta del todo el elemento humano de la economía, un elemento que no puede reducirse a un análisis matemático.
Los relativamente pocos economistas profesionales que advirtieron la actual crisis fueron personas, que, al parecer, no sólo leían la literatura económica académica, sino que también utilizaron su juicio personal: comparaciones intuitivas con episodios históricos; conclusiones sobre la especulación, las burbujas de precios y la estabilidad de la confianza; evaluaciones de los propósitos morales de los actores económicos; e impresiones de que la autocomplacencia se había establecido, bajando la guardia de los vigilantes.
Estas conclusiones las hicieron economistas familiarizados con nuestros líderes empresariales, sus motivaciones, creencias, subterfugios y racionalizaciones. Sus puntos de vista nunca se habrían podido enviar a una revista académica y evaluados como se hace con un nuevo procedimiento médico. No hay un procedimiento científico establecido que hubiera podido probar su validez.
Por supuesto, en muchos sentidos la economía es una ciencia, y el trabajo de nuestros académicos y sus modelos de computadora son muy importantes. Sin embargo –como señaló el economista Edwin R. A. Seligman en 1889–, “la economía es una ciencia social, es decir, una ciencia ética y, por consiguiente, histórica… No es una ciencia natural, y, por lo tanto, no es una ciencia exacta o puramente abstracta”.
Para mí, y sin duda para los otros panelistas, parte del proceso de abordar los aspectos inexactos de la economía es hablar honestamente al público, mirarlo a los ojos, aprender de él, leer sus correos electrónicos y después hacer un análisis franco para decidir si nuestra teoría favorita está realmente cerca de la verdad.
Copyright: Project Syndicate, 2011
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