En la edición anterior de esta revista, Blake Hounshell –editor de Foreign Policy– contradice uno de los mitos sobre la reciente revolución en Egipto: que fue Facebook el que originó la caída de Mubarak. Moisés Naím, su antecesor en la edición de dicha publicación, también había advertido, en un artículo reciente en El País, sobre aquellas interpretaciones simplistas, que atribuían a los Wikileaks la revolución originada en Túnez.
Es innegable que las redes sociales han contribuido a estos alzamientos populares en el mundo árabe. Pero dichas transformaciones políticas no se explican principalmente por el impacto que tienen las nuevas tecnologías de información. Los revolucionarios franceses no requirieron del Twitter para tomar la Bastilla, ni los bolcheviques que asaltaron el Palacio de Invierno se hubieran beneficiado mucho de poder enviarse mutuamente fotos a través de Facebook.
La revolución en Egipto, como en Túnez, se debió principalmente a las causas tradicionales que han generado revoluciones a lo largo de la historia universal: el odio a una autocracia corrupta y a su policía secreta, las frustraciones de una clase media emergente marginada y la desesperación de los más pobres. La clase Facebook –los educados jóvenes que por unos días se transformaron en la cara internacional de la revolución– constituye sólo una fracción privilegiada de la realidad social egipcia.
La población de Egipto –80 millones de personas– es el doble de lo que era hace 30 años. El analfabetismo en sus mujeres supera al 40% y el de los hombres se acerca a 20%. Su PBI por habitante apenas supera US$2,000 (Banco Mundial, 2009), aproximadamente la mitad del peruano. Fueron esencialmente los bajos sueldos, el alza reciente en el precio de los alimentos y un elevado desempleo juvenil las razones que generaron la frustración popular, una que había estado embalsada por la opresión política implantada por el gobierno de Mubarak.
La sociedad civil en Egipto es bastante débil. Su Estado carece de recursos suficientes para atender las múltiples demandas sociales. La prensa se siente amenazada, el poder judicial controlado, los partidos de oposición apenas existen. La Fuerza Armada, que ha asumido el control del país, es por mucho la institución con más poder. La Hermandad Musulmana, cuya lealtad religiosa supera por mucho su compromiso con la democracia política, constituye la fuerza social más organizada. Una reciente encuesta de opinión pública mostró que el 80% de la población egipcia apoya el que los adúlteros sean castigados con la lapidación. Es en ese contexto múltiple que Egipto aspira a organizarse políticamente para tener, en pocos meses, elecciones presidenciales y parlamentarias.
A la caída del Muro de Berlín, los países de Europa del Este podían mirar a sus vecinos de Occidente como modelos políticos a emular. Los demócratas egipcios carecen de paradigmas referenciales comparables. Las recientes revueltas en países árabes, en tal sentido, se asemejan más a las que se dieron en los países europeos en 1848.
La sostenibilidad de una democracia depende mucho de cuán rica es una sociedad. Gideon Rachman –en el Financial Times– se refiere a un estudio que concluye que las democracias raramente fracasan cuando las sociedades ya cuentan con un PBI por habitante de, al menos, US$6,000, pero que pocas veces sobreviven cuando éste no supera US$1,500. El de Egipto supera por poco, como se indicó, el límite inferior.
Indonesia, con un per cápita similar al de Egipto, ha podido mantener un sistema democrático, aunque constituye uno manchado por la corrupción y la intolerancia religiosa. En Pakistán (más pobre) y Tailandia (más rica), la influencia de las fuerzas armadas ha resultado muy poderosa, y ha provocado ocasionales golpes de Estado. Tailandia parece ya haber superado esta etapa; Pakistán aún está muy vulnerable a éstos. En beneficio de Egipto, las recientes manifestaciones populares en El Cairo –su diversidad social, generacional y religiosa– nunca se han visto en Karachi, lo que podría servir de freno para aquellos oficiales egipcios que, en el futuro, quieran alterar la transición democrática. Aunque la experiencia en Pakistán y Tailandia –incluso la de Turquía, país que es, per cápita, cuatro veces más rico que Egipto– revela que las clases medias urbanas y educadas (los minoritarios sectores A y B) suelen quedar disconformes con los resultados de elecciones democráticas en el que predomina el voto de sus compatriotas más pobres y menos educados (los sectores C, D y E).
En Tailandia, por ejemplo, el país está actualmente al borde de un conflicto civil entre las camisas rojas rurales y las camisas amarillas, de la población urbana con mayor ingreso. En Turquía, incluso, muchos entre la élite laica están seriamente preocupados por las decisiones del partido islamista gobernante. Y es común, entre los pakistaníes bien educados, un estado de desesperanza crónica con el sistema político tan disfuncional y violento con el que tienen que lidiar.
Si la suerte acompañara a Egipto, opina Rachman, su futuro se asemejaría al de Turquía actual –una democracia funcional, con un partido mayoritario de un islamismo moderado y una economía en crecimiento–. Si las cosas terminaran mal, su futuro se parecería más al de Pakistán –una democracia disfuncional y pobre, jaloneada entre fundamentalistas y laicos, con una fuerza armada poderosa y deliberante–. Egipto no ha alcanzado ni remotamente el bienestar de Turquía, pero es relativamente más rico y menos rural que Pakistán. Su futuro puede oscilar entre estas dos referencias.
Si la dictadura militar de 1968 no hubiese devuelto el poder, el Perú probablemente estaría enfrentando una situación similar a la que vive Egipto. Y si Chávez no es derrotado en futuras elecciones, el futuro de Venezuela también podrá mirarse en el espejo del Egipto actual.
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