Para el London Times, El Cisne Negro de Nassim Taleb –quien se autodefine como un empirista escéptico– es uno de los diez libros más importantes desde la Segunda Guerra Mundial. Taleb es alguien interesado especialmente en cómo sobrevivir en un mundo que, según él, no llegamos a entender bien, ni práctica ni éticamente.
Por cisnes negros, Taleb se refiere a eventos sorpresivos que conllevan un impacto traumático que resulta significativo. Pueden darse en la historia, la ciencia, las finanzas o la tecnología. Son eventos muy difíciles de predecir: el inicio de la Primera Guerra Mundial, el ataque terrorista a las torres de Nueva York, la masificación de la computadora personal, la expansión de la Internet, todos ellos caracterizados por un impacto dramático.
La muy baja probabilidad previa para la ocurrencia de estos eventos, así como la natural resistencia psicológica ante la incertidumbre, generan una verdadera conmoción cuando surgen estos cisnes negros. Uno construye su casa para que pueda resistir cualquiera de los sismos de los últimos 50 años, y viene uno que es el peor en 100 años y la tumba. Lo usual en el humano es subestimar las posibilidades de que ocurra algo muy malo y, en cambio, sobreestimar las posibilidades de los eventos favorables.
Tim Harford, columnista del Financial Times, acaba de publicar un interesante libro titulado Addapt: Why Success Always Starts With Failure. En él cuenta la historia de Mario Cappechi, alguien que, después de una infancia trágica y pobre en la Italia de la Segunda Guerra, pudo emigrar con su madre a EEUU, donde, gracias tan sólo a su enorme talento, pudo concluir estudios de medicina en Harvard como el alumno preferido de James Watson, el codescubridor del ADN.
Al graduarse, Cappechi rechazó la atractiva y generosa oferta que le hiciera dicha universidad –“estás f… crazy!”, le comentó Watson– para preferir irse a trabajar… ¡a Utah! Según Cappechi, el ambiente competitivo de Harvard constituía un “bastión de la gratificación de corto plazo”, sus investigadores se centraban en lograr avances bastante predecibles por rutas ya establecidas. Intuía que, para realmente innovar, tenía que respirar un ambiente más libre. Desde Utah, solicitó recursos a la NIH (Instituto Nacional de Salud de EEUU) para tres proyectos: dos de los cuales eran bastante predecibles en su alcance y objetivos; el otro, en cambio, era tremendamente especulativo: Cappechi quería demostrar que era posible efectuar un cambio específico a un gen en el ADN de un ratón, una propuesta que, para la frontera del conocimiento de entonces, resultaba algo no sólo bastante incierto sino altamente improbable.
A muchos en el NIH este tercer proyecto les pareció uno de ciencia-ficción. Por ello, sus directores le recomendaron a Cappechi abandonarlo para concentrarse en los otros dos. Él se resistió y, finalmente, luego de un recorte en su alcance, logró algo de apoyo para el mismo.
Cappechi hizo entonces una muy riesgosa apuesta. Invirtió casi el íntegro del dinero recaudado en el tercer proyecto. Si en los primeros avances del mismo no hubiera logrado algunos resultados estimulantes, el NIH no sólo le habría cortado el financiamiento sino que se habría encargado de desprestigiar su reputación.
Para su suerte, este trabajo sobre los genes de los ratones le permitió ganar el Premio Nobel de Medicina (2007). Al renovar el financiamiento para dicho proyecto, el NIH reconoció: “Estamos muy contentos de que no siguiera nuestro consejo…” (El mismo Cappechi cuenta la anécdota en la página web del Premio Nobel).
La lección de esta historia –según Harford– no es que debamos admirar la terquedad de algunos genios, sino que no debemos exigir la testarudez como requisito complementario a la genialidad. ¿Cuántos descubrimientos vitales pueden haberse quedado en el tintero, no por la ausencia de alguien que los imagina sino porque éste no tenía el carácter peculiar y desafiante de Mario Cappechi?
¿Cómo establecer reglas adecuadas para financiar la investigación en cualquier empresa, gremio o país? No es una tarea simple. Obviamente, lo primero sería pedir una descripción específica de los proyectos. Luego, se requeriría de la opinión de pares para confirmar su respectiva validez. Por último, se podría solicitar algún avance prometedor en los primeros pasos tomados en la ruta por los objetivos esperados.
Con un método así, se logra generar un flujo de proyectos bastante adecuados. Pero no constituye el mejor camino para lograr un cisne negro positivo, un descubrimiento verdaderamente transcendental.
Howard Hughes, el excéntrico millonario, instituyó un Instituto Médico (HHMI) que, para el financiamiento, otorga prioridad, más bien, a los investigadores que “toman riesgos, exploran nuevos caminos, abrazan lo desconocido”. El HHMI, por tanto, invierte más en personas que en proyectos. Sus científicos pueden adaptar y adecuar sus proyectos conforme avanzan. No hay descripción detallada de proyectos, apenas bosquejos de las ideas fuerza, acompañados sí de un récord de los logros recientes del investigador. No pocos ejecutivos criticarían esta manera tan libre de asignar recursos.
Sin embargo, señala el autor del libro, tres economistas han comparado los resultados de las investigaciones financiadas por el NHI con los de las apoyadas por el HHMI. En resumen, los proyectos de éste han resultado, en conjunto, más importantes e influyentes, así como más sorprendentes y originales que los del NHI. Obviamente, también se registraron más frustraciones en los proyectos del HHMI.
La conclusión resultante es que los fracasos constituyen un precio que conviene pagar en el proceso de innovación. Cuando intentamos ganar la lotería, resulta esencial comprar boletos. Y los retornos sobre la inversión se elevan cuando uno está dispuesto a asumir el fracaso de varios proyectos con pérdidas acotadas, a cambio de la materialización futura de unos pocos premios mayores.
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