Piénselo otra vez

Petróleo

Edición de Noviembre 2007
Todo lo que usted cree saber sobre el oro negro podría ser falso; y el futuro del commodity es distinto del que sugiere la sabiduría convencional
Protege a los autócratas, contamina el medio ambiente y alimenta los conflictos internacionales. Pero ni la falsa amenaza de su escasez ni el auge del eje energético asiático convencen al mundo de dejar de consumir el crudo. La revolución automovilística, cortesía de Silicon Valley y Shangai, podría poner fin a la adicción por excelencia de nuestra era.
  “Las reservas de crudo se agotan”

Difícilmente. En la actualidad se conocen en la Tierra más reservas de petróleo que hace tres décadas. A pesar del consumo desmesurado de crudo y de las predicciones de que algún día llegará su juicio final, el mundo no se está quedando sin “oro negro”. Al revés, está abalanzándose sobre él.


No hay duda de que es un recurso no renovable y, por definición, se agotará en algún momento. Pero ese día aún no está cerca, a pesar de que cada vez son más los que creen que se ha alcanzado el pico de la producción global. Ven los recursos petrolíferos como algo inamovible y la tecnología como algo estático. Ninguna de estas suposiciones es cierta. Algunas empresas innovadoras están invirtiendo en tecnología para la exploración y producción, ampliando cada vez más las existencias de crudo.


Para sacar al mercado las mayores reservas de hidrocarburos, la clave está en entender el papel de la escasez, los precios y la tecnología del futuro. Gracias a los avances técnicos, la media global de recuperación de las reservas petrolíferas ha aumentado: de casi un 20 por ciento en gran parte del siglo XX, al 35 por ciento actual. Estos datos indican una notable mejora, pero también que aún quedan por explotar dos tercios de los depósitos conocidos del planeta.


Pero la mejor refutación de las teorías más pesimistas son las enormes cantidades de los llamados hidrocarburos “poco convencionales”. Estas concentraciones de esquisto, arenas bituminosas y aceite pesado pueden transformarse en el combustible de los automóviles actuales. Canadá, por ejemplo, cuenta con yacimientos de arenas bituminosas con un contenido energético mayor que todo el petróleo de Arabia Saudita. China, Estados Unidos y Venezuela y otros países también disponen de existencias de estas materias. El problema es que su conversión supone un mayor costo económico y medioambiental que el del crudo. Pero los elevados precios de éste son un incentivo para el desarrollo de estos yacimientos “sucios”y para el avance de la tecnología que permitirá extraerlos de una manera más limpia.

 
“Se mantendrán los precios elevados”

No cuenten con ello.Los altos precios del crudo son el resultado de diferencias a corto plazo entre la oferta y la demanda, como ocurre en todos los mercados de materias primas. Todo lo que se requiere para sacudir ese equilibrio es otro tropiezo económico mundial, como la crisis financiera asiática, debida al desequilibrio de los mercados de crudo, y ello provocaría la disminución de los precios o algo peor, al igual que en 1997.


La clave es la capacidad de producción en reserva de la OPEP. Durante las últimas tres décadas, la OPEP ha sido capaz de extraer mucho más de lo que sacaba al mercado, lo que le permitió controlar los precios. En concreto, Arabia Saudita utilizó este mecanismo para convertirse en el productor líder, inundando los mercados con excedentes cuando la producción mundial estaba en decadencia, como por ejemplo durante la guerra entre Irán e Irak o la primera guerra del Golfo. La subida de precios de los últimos años se debe a que los saudíes permitieron que su capacidad de reserva cayera en los noventa, y a la actuación fallida de China al anticipar el crecimiento de las importaciones de crudo. Para hacer frente a la creciente demanda, Riad está invirtiendo millones de dólares en reconstruir su capacidad de reserva; y en Rusia, la zona del Caspio y el oeste de África hay una nueva oleada de petróleo (como resultado de las inversiones realizadas hace 10 años).


Si aumenta el suministro en Arabia Saudita o en cualquier otro país, o si la demanda –sobre todo en China– disminuye, el precio mínimo (que para muchos inversores es fijo) variará. La OPEP, por supuesto, intentaría estabilizarlo si se diera el caso de que otros productores de petróleo (o productos alternativos) despegaran. Pero la historia insinúa que el cártel no puede mantener una disciplina de producción perfecta. Algunos miembros de la organización desafían al líder y falsean sus cuotas, y minan así el futuro de los precios elevados.


 

“La culpa del alza es de las petroleras”

En realidad no ... Cada vez que sube el precio de la gasolina, los políticos y los ecologistas culpan a las petroleras como Exxon-Mobil y BP de pactar precios. De cara al ciudadano, esta industria parece muy poderosa, pero las apariencias engañan y, en realidad, las empresas de más renombre tienen menos influencia que los “Goliats”de la OPEP. El problema, una vez más, reside en el juego entre la oferta y la demanda.


Al contrario de lo que ocurrió en la crisis de los setenta, la mayor parte del petróleo se comercializa en la actualidad en los sofisticados mercados de futuros, de gran liquidez, como el NYMEX de Nueva York (New York Mercantile Exchange). Por lo tanto, a las compañías no les resulta nada fácil manipular los precios. Y en el momento en el que existen sospechas de negocios secretos, los organismos de control entran en acción.


Es cierto que el mercado del crudo no está muy restringido, puesto que cuenta con una gran cantidad de subsidios y donaciones. Además, hay reuniones a puerta cerrada para conspirar y amañar los precios y suministros. Sin embargo, en ellas no participa la industria petrolífera, sino la OPEP.


Saudi Aramco, un miembro de esta organización, cuenta con una reserva 20 veces mayor que la de ExxonMobil, una de las grandes compañías privadas del sector. En otras palabras, a las firmas occidentales los precios les vienen dados. No los ponen ellas.


A pesar de los beneficios, la industria tiene grandes problemas. Países ricos en oro negro, como Venezuela o Rusia, están nacionalizando sus recursos, al igual que hicieron Arabia Saudita e Irán. Eso significa que las empresas privadas más importantes ya no tienen acceso a la mayoría de las reservas mundiales de crudo, ni a las fuentes más baratas o de fácil acceso.


Son las compañías occidentales las que se están quedando sin su materia prima principal; no el mundo en general. Este hecho podría acabar afectando a los consumidores, ya que la industria petrolera es el único contrapeso a la OPEP con el que se puede contar.

 

“Rusia amenaza a Occidente”

No tanto. Rusia produce 10 millones de barriles de petróleo diarios, una cantidad casi equivalente a la producción de Arabia Saudita. Pero no podrá mantener ese ritmo para siempre. Aunque Rusia ha reducido la cuota de participación de la OPEP en el mercado global desde el 2000, no puede retar a los saudíes por el dominio del mercado mundial del crudo. Moscú sólo tiene un 5 por ciento de las reservas mundiales, frente al 25 por ciento de Arabia Saudita. Rusia es un polizón (free rider) que extrae petróleo sin límites para aprovecharse de los precios elevados gracias a la demanda global.


La preocupación por el agresivo comportamiento actual de Moscú tiene más sentido si se aplica al gas natural, pero aun así constituye una exageración. Rusiaposee las mayores reservas mundiales de gas natural (un 25 por ciento aproximadamente del total), seguido de Irán, con un 15 por ciento. Sin embargo, por culpa de la geología y del mercado es imposible establecer un cártel próspero del gas natural entre el Kremlin y los ayatolás. Hay más gas en el mundo que petróleo, y tanto Moscú como Teherán tienen mucho para exportar, al igual que otros países. Ningún supuesto cártel sería capaz de cumplir con una disciplina de producción suficiente como para controlar los precios, como hace la OPEP (que incluso tiene dificultades para llevarlo a cabo).


A pesar de que Europa teme un corte del suministro ruso, debería tranquilizarse: los gasoductos son armas de doble filo. Un proveedor que corta la relación comercial con su mejor cliente no podrá recuperar los ingresos perdidos. Además, no se pueden desviar gasoductos a ningún otro lugar distinto a aquél al que llegan las tuberías. Por este motivo, la extinta Unión Soviética nunca se atrevió a cortar los gasoductos alemanes en plena guerra fría. Y dejando la belicosidad de lado, ésa es la razón por la que el suministro de gas a Europa no peligra en la actualidad.

 

“China es insaciable”

¿Y qué? No hay duda de que la demanda de petróleo por parte de China ha aumentado sustancialmente en los últimos 10 años y que los mayores productores de energía del mundo no acertaron al anticipar el grado de agitación económica que este factor introduciría en el mercado petrolífero. Según muchos analistas, esta subida de la demanda y el reciente apetito de las empresas chinas a la hora de comprar combustibles fuera de sus fronteras ponen en peligro la seguridad energética global, mientras la sed de crudo de Pekín continúa creciendo. En Estados Unidos esta preocupación llegó al paroxismo en el 2005, cuando una petrolera pública china, CNOOC, presentó una oferta por Unocal, una empresa estadounidense de gas. Al final, se retiró la oferta ante la reacción violenta de Washington. Pero el hecho de que Pekín ambicione el petróleo no significa que Estados Unidos o ningún otro país sea menos seguro. Lo que importa es que el crudo llegue al mercado sin importar de quién es ni quién lo produce.


Para los consumidores de energía, el hecho de que China esté pagando demás por los activos de petróleo es una gran noticia. Significa que cuenta con todos los incentivos para invertir miles de millones de dólares más en aumentar la producción para poder vender esos barriles o llevárselos a casa. Cada uno de los barriles que China extrae en Chad, Ecuador o Kazajstán es un barril que no compra en el mercado mundial, dejando más para el resto y disminuyendo los precios.


Cabe comparar su actuación –invirtiendo miles de millones de dólares para potenciar la producción global– con la táctica de Venezuela, que expulsa a las empresas extranjeras y deja de ofrecer alicientes a nuevas inversiones para satisfacer las nociones equivocadas

de Hugo Chávez sobre el patriotismo energético. Tampoco debería considerarse una pesadilla medioambiental el hecho de que Pekín consuma petróleo. Este punto de vista ignora su determinación por encontrar alternativas a los combustibles fósiles. La nueva “revolución verde”de China no surge de la preocupación por el medio ambiente, sino de la creciente paranoia de sus dirigentes ante la dependencia del crudo del Golfo Pérsico. Por eso ha incrementado sus estándares de eficiencia energética y es el líder mundial en el desarrollo de tecnologías de automoción eléctricas y por hidrógeno. No sería de extrañar que estos avances transformaran la próxima generación de automóviles chinos en “automóviles verdes”.

 

“Los automóviles híbridos salvarán el planeta”

No exactamente.Imagine un mundo en el que el 100 por ciento de los automóviles fueran híbridos como el Toyota Prius, pero que este mundo aún fuera 100 por ciento adicto al petróleo. Nunca será suficiente un paso a medias hacia los combustibles alternativos; el futuro pide un cambio radical tanto en las tecnologías de nuevos combustibles como en las del motor. El hecho de condenar a los todo-terreno como la gran amenaza para el medio ambiente nos hace olvidar el problema principal: no importa el tamaño del automóvil, sino el combustible que emplea. Este año, la mitad del consumo mundial de gasolina se destinará a automóviles y camiones. La única solución para dejar de usar este carburante es reinventar el automóvil. La electrónica avanzada que tiene el Toyota Prius aparece como el primer paso para llevar a cabo la revolución hacia la invención de un vehículo limpio. Desde Silicon Valley hasta Shangai, inventores, empresarios y ecologistas van por delante de la industria petrolera y de Detroit. En la actualidad, es más fácil para las nuevas empresas retar a los fabricantes de automóviles, ya que la tecnología clave no se guarda en secreto, sino que se subcontrata en todo el mundo. Mientras los “autos dinosaurios”se lo toman con calma, las empresas gigantes de otros sectores están invirtiendo millones para hacerse un hueco en el mercado. De hecho, puede que el automóvil del futuro sea inventado por Sony, Apple o Intel. Incluso, puede que sea creado por dos adolescentes geniosque trabajan sin parar en el garaje de su casa para descubrir el “Próximo Gran Invento”. Lo que está claro es que el día está cerca.

 

“Algún líder visionario terminará con la dependencia del petróleo”

Absolutamente no.A partir de 1961, el presidente estadounidense John F. Kennedy lideró el esfuerzo que permitió que Estados Unidos enviase un hombre a la Luna. Y más recientemente, los afanes por parte de China para poner a una persona en órbita, sin reparar en gastos, fueron suficientes para conseguir un final feliz. Pero será más difícil frenar la sed de petróleo del mundo que conseguir que un hombre llegue al espacio en una lata de hojalata. Cualquier sustituto a los combustibles fósiles deberá tener un precio asequible, ser un producto fiable y conocido; y serán los mercados y los inventores los que lo den a conocer, no los líderes políticos.


Han existido cientos de planes gubernamentales para reducir la dependencia de estos combustibles, pero al final han fracasado, como por ejemplo el intento por desarrollar petróleo sintético tras la crisis de los setenta o las falsas esperanzas puestas en la energía solar y eólica en los ochenta. Los planes gubernamentales masivos no son la solución. Por supuesto, el Estado tiene un papel legítimo a la hora de invertir y fomentar la investigación energética a largo plazo en aquellos aspectos que las empresas privadas no son capaces de llevar a cabo. Pero, cuando los burócratas comienzan a adoptar manías tecnológicas (uso de pilas de combustible, de tecnología limpia de carbón o de etanol), comienzan los problemas de verdad.


El deber más importante y más olvidado de los gobiernos es establecer una política de igualdad de condiciones. Tienen el poder de regular las fuerzas que pueden influir en el mercado energético, pero que no están reflejadas en los precios. Si se impusieran límites a las emisiones, se propusieran nuevos impuestos o se dejaran de otorgar subvenciones a aquellas industrias que emplean los combustibles fósiles, los investigadores de energías limpias podrían salir a la palestra y poner manos a la obra. El objetivo de los gobiernos debería ser el de crear un ambiente en el que puedan desarrollarse nuevas tecnologías y permitir a los mercados hacer aquello que mejor saben hacer: recompensar la investigación y la eficiencia. Afortunadamente, cada vez es más evidente la demanda de una política revolucionaria orientada al mercado, tanto por parte de los ciudadanos como de los empresarios. Una revolución que nos permitirá, por fin, vivir sin petróleo.



Vijay Vaitheeswaran *

* Corresponsal de The Economist y coautor, junto con Ian Carson, de Zoom: The Global Race to Fuel the Car of the Future.

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