Economía

¿Enfermedad holandesa en el Perú?

Edición de Noviembre 2007
Por fuera flores, por dentro temblores: alertas y síntomas de una patología que puede amenazar el sostenido crecimiento peruano en el corto y mediano plazo
Contrariamente a lo que generalmente se piensa, cuando un país súbitamente logra grandes éxitos exportando materias primas por los altos precios vigentes en el mercado mundial, a la larga puede terminar muy maltrecho. El ejemplo clásico que sirve para ilustrar esta paradoja aparente, proviene de la experiencia de Holanda, que en 1959 encontró reservorios enormes de gas natural en el Mar del Norte y los comenzó a exportar masivamente. Sin embargo, hacia mediados de los setenta, especialmente luego del primer choque petrolero, y como consecuencia de la catarata de divisas que la irrigó, se estancó la producción de la industria manufacturera, el desempleo saltó abruptamente y cayó la participación de las ganancias en el producto nacional, entre otras calamidades. Todo ello fue resultado de la drástica revaluación del florín neerlandés, que implicó una inesperada pérdida de competitividad internacional de su poderosa manufactura doméstica, aunque favorecía las arcas fiscales y a las empresas productoras de bienes no transables. Como esa bonanza exportadora modificó los principales precios relativos, también la estructura sectorial del país se transformó radicalmente, y generó trastornos variados, los más conocidos de los cuales consistieron en la “desindustrialización” y la “desagriculturización” de la economía, al margen del crecimiento exagerado de los sectores que producen para el mercado interno y del atolondrado gasto público.

Treinta años atrás, este curioso fenómeno fue bautizado por el prestigioso semanario londinense The Economist (noviembre 26, 1977; pp. 82-83), en un artículo titulado con un llamativo concepto que pasó a los libros de texto, como The Dutch Disease. Decía entonces que el "contraste entre la salud externa y el malestar interno es el síntoma de la 'enfermedad holandesa'". Pero esa especie de ponzoña –que, hoy en día, poco tiene de holandesa– se conoce desde hace muchas décadas y hasta siglos. Cuando menos, se ha sufrido desde que el ingreso masivo de metales preciosos, procedentes de las colonias americanas, afectó adversamente a la agricultura y la manufactura españolas. Por ello, hay quienes la denominan más correctamente como el "síndrome español" e, incluso, como "la maldición de Moctezuma" que castigó duramente la economía española durante gran parte de la Colonia. Sin tener mayor conciencia de ella, los países que más la padecen en la actualidad son los petroleros, al margen de otros maleficios –la volatilidad de precios y cantidades de las materias primas, el rentismo y los conflictos distributivos, los gastos elefantiásicos del gobierno y la voracidad– que acompañan el espectacular auge del precio del “oro negro”, que hoy amenaza traspasar los US$100 por barril.

  El caso peruano

En general, este virus se transmite a todos aquellos países que ven aumentar abruptamente su stock de divisas, básicamente como consecuencia del incrementado valor de sus exportaciones por crecimientos inesperados de sus precios fijados internacionalmente y/o por drásticos incrementos de los volúmenes. Igualmente se puede presentar cuando ingresan cuantiosos flujos de inversión extranjera directa (IED), de capitales de corto plazo, de “ayuda externa”, del auge del turismo, etcétera. Que es justamente el caso peruano actual, por la abundancia de dólares de que dispone y que ha desatado la enfermedad por lo menos desde mediados del año pasado.

Es interesante anotar que la anterior enfermedad holandesa que sufrimos se dio en el período 1993-1996, a consecuencia ya no de los superávit comerciales, sino de la catarata de inversión extranjera directa (IED) que ingresó tanto a la minería como para participar en las privatizaciones; mientras que la que venimos experimentando desde mediados del año pasado se debe tanto a la IED como al superávit de la balanza comercial por el boom de los precios de nuestras exportaciones, aparte del ingreso de los capitales de corto plazo atraídos por la alta rentabilidad de la Bolsa y los diferenciales de las tasas referenciales de interés (Fed: 4.5 por ciento; BCR: 5 por ciento), de las fabulosas remisiones de nuestros paisanos emigrados, de los cuantiosos desembolsos de préstamos de largo plazo al sector privado, de los ingentes narcodólares y el lavado de dinero. Obviamente, a esta suma de flujos hay que restarle los déficit de servicios, los pagos a factores extranjeros, el servicio de la deuda externa y las peligrosamente crecientes remisiones de utilidades de las empresas extranjeras a sus casas matrices. Como consecuencia de ello, en términos netos, el balance de ingreso de divisas es altamente positivo, tal como se refleja por ejemplo en la sólida posición de cambio del BCR, la que ha aumentado en 123 por ciento, al pasar de US$8,000 millones a US$18,000 millones... sólo en lo que va de este gobierno. Por su parte, las reservas internacionales netas aumentaron en US$10,223 millones (70 por ciento) entre julio del año pasado y octubre del presente, para alcanzar así un stock de algo más de US$25,000 millones.

  Ganadores y perdedores

Evidentemente, en la coyuntura actual se benefician los que exportan a los mercados japonés y europeo, mientras que los grandes perjudicados son –y lo serán aun más en los próximos meses– los que lo hacen al enorme “área del dólar”. Por ello, se tiene la impresión de que los cálculos del BCR del tipo de cambio multilateral sobrevalúan el peso que le asignan a las áreas de influencia de las otras monedas y, de acuerdo con los cuales, como se desprende del gráfico adjunto no es notoria la revaluación del tipo de cambio real multilateral. En cambio, el tipo de cambio bilateral sí está muy sobrevaluado, y desde finales del 2005, se ha revaluado en 10.8 por ciento en términos reales.


En nuestro caso, sabido es que como consecuencia del chorro de divisas que ingresó al país, debimos haber sufrido una revaluación mucho más drástica del tipo de cambio nominal, como ha venido sucediendo últimamente en Chile y otros países del subcontinente y más, por lo que crecientemente –a nivel mundial– los bancos centrales están ensayando controles de capitales de corto plazo. Hay quienes afirman que hoy el dólar debería estar en S/.2.50 y no en S/.3.00. En ese caso no estaríamos hablando de la notable expansión de las exportaciones de espárragos y café orgánico, de paltas y uvas, de polos y camisas, entre otras tantas “no tradicionales”. Si se hubiera dejado el mercado cambiario a su libre albedrío, habría quebrado una infinidad de empresas pequeñas y medianas, con lo que el problema del subempleo sería todavía más grave del que ya de por sí es. Que esto no haya sucedido se lo debemos, en gran parte, a las heterodoxas políticas de nuestro Banco Central de Reserva, tanto por su esquema de “metas explícitas de inflación” (regla de Taylor) como por su intervención en el mercado cambiario, que en los últimos tiempos se ha vuelto cada vez más agresiva: el año pasado compró casi US$4,000 millones y ¡en lo que va del año ya adquirió US$9,000 millones! Y por la sola expectativa, que casi todos comparten, respecto al ingreso masivo de inversiones en el futuro próximo, se potencia aún más el efecto que se ejercerá sobre el tipo de cambio hacia la baja.


Ciertamente que ese proceso sólo es una “enfermedad” para los sectores transables (industria, agricultura y turismo) de nuestra economía, los que pierden competitividad, estrujados por el bajo tipo de cambio que dificulta su penetración de mercados externos, a la vez que son amenazados por importaciones baratas. Esto, sin duda, podrá agravarse para algunas ramas del sector agropecuario (carnes y trigo, especialmente) cuando entre a funcionar el TLC (enero 2009), así como para algunas ramas del sector industrial y agroindustrial que para entonces no hayan logrado aumentar su competitividad, aparte de que tendrán que enfrentar nuevos competidores de África, China y Latinoamérica, que también van penetrando paulatinamente el mercado mundial de exportaciones ‘no tradicionales’ similares a las nuestras.


Añádase a ello que, no sólo como consecuencia del tipo de cambio real sobrevaluado del dólar, le cargarán un peso adicional a los industriales nacionales, algo que curiosamente hasta el propio presidente George W. Bush reconoce. Acaba de afirmar que había una asimetría por la existencia del ATPDEA (¡contra Estados Unidos y a favor nuestro!) y que felizmente ahora con el TLC habrá un trato más igualitario para sus bases empresariales norteamericanas. Con una sofisticación que no le conocíamos, ha declarado que ellos ahora ya estarían a la par: “El Perú se ha beneficiado de nuestro ATPDEA. El TLCayudará a nivelar el campo de juego para nuestros exportadores e inversionistas” (La República, noviembre 9, 2007; p. 13), que aunque es un intento ridículo para apaciguar los intereses de esos grupos, dado el liliputiense mercado interno que tenemos, sí es una señal de alerta sobre el caterpillar que puede arrasar nuestros cultivos si no nos preparamos adecuadamente.


Sin embargo, ese mismo proceso infeccioso virulento, paradójicamente, es unelixirpara los sectores no transables, como la construcción, los servicios, los transportes, el comercio en general y el importador en particular, la energía y demás ramas que no son parte intrínseca de los flujos comerciales internacionales. Son estos segmentos los que más han crecido en los últimos dos años (por encima del 10 por ciento anual), porque la revaluación nominal del sol ha permitido reducir aún más la inflación, lo que –por el “efecto riqueza”– ha inducido el incremento del gasto de consumo privado, alentado además por la reducción de las tasas de interés y por el menor servicio de las deudas en dólares de las familias que han acompañado a esos procesos. Asimismo, han aumentado las importaciones por el menor precio de esos productos por el “bajo” tipo de cambio, reforzado por la invasión de productos del este asiático, lo que permitió reducir aún más la inflación, a la vez que se incrementó la productividad de quienes importaron maquinaria, equipo e insumos al menor tipo de cambio. La reducción arancelaria de diciembre y la más reciente tenderían en esa misma dirección. Todos esos procesos han estimulado el crecimiento económico y, sobre todo, el aumento del empleo, y han conducido así a un incremento de la “masa de remuneraciones”, a pesar de que los salarios prácticamente no han subido.


Reforzando la hipótesis anterior, piense usted nomás en el espectacular auge que se ha venido dando en el sector construcción (creció anualmente –comparando los segundos trimestres de cada año– 7 por ciento en el 2005, 13 por ciento en el 2006 y 20.1 por ciento en el 2007), que es un típico indicador de “enfermedad holandesa” en nuestros países (en Estados Unidos era parte de la más reciente burbuja hipotecaria ligada a la “exuberancia irracional” de mercados ineficientes y banqueros irresponsables). De ahí que Roberto Rigobon, un ingenioso economista venezolano del MIT, haya inventado el “test de la grúa”para determinar si el tipo de cambio está o no sobrevaluado (igualmente sencillo y creativo es el método de la hamburguesa “Big Mac” que diseñó The Economist): si el número de grúas como porcentaje de los grandes edificios ya construidos es “alto” y va en aumento, el tipo de cambio está sobrevaluado. Usted mismo puede comprobar lo bien que funciona este método cuando viaja por los diversos distritos de Lima o en provincias, aunque en nuestro caso al número de grúas habría que añadirle las enclenques escaleras de madera, las pilas de ladrillos, las zanjas que abren en las pistas y similares obstáculos que rodean caóticamente a los edificios en construcción.

  Horizonte gris

Pero aún falta lo peor para completar el panorama que se abre por el virus que nos viene contagiando aparentemente para bien. Pues resulta que también hay economistas que consideran, con mucha razón, que la “verdadera” enfermedad holandesa recién se empieza a sentir cuando culmina el auge exportador, cuando hay que ajustar los aumentados gastos públicos, recortar el exagerado consumo privado y la inversión, reprimir las alzas salariales y demás. Y, sobre todo, cuando se descubra que en ese proceso nos habíamos concentrado demasiado en ciertas exportaciones primarias por efecto de sus elevados precios internacionales, mientras se debilitaron o quebraron las más débiles empresas de las ramas industriales y agropecuarias. De ahí que en Colombia a ese proceso se le ha dado en llamar el "efecto Pambelé", estableciendo un paralelo con el destino de ese gran boxeador que –de la noche a la mañana– se hizo millonario, pero que una vez que tuvo que dejar los guantes cayó (y falleció) en la más penosa e incomprensible miseria. Y eso es algo que muy bien puede sucedernos: si no guardamos pan para mayo (del 2008); si no realizamos las reformas internas necesarias para soportar el golpe; si no se diversifican las exportaciones, tanto en términos geográficos como sectoriales, hacia ramas productivas no primarias “de nicho”; si no se incentivan los clusters y encadenamientos productivos; y, consecuentemente, si no se amplía el precario mercado interno, que a la larga es un sostén más sólido para la expansión productiva que el excesivo esfuerzo “exodirigido”.


A este respecto hay que decir –sin afán de alarmar a nadie– que las proyecciones del Banco Mundial y el FMI de nuestros términos de intercambio no son muy halagadoras para los próximos años, a lo que se añade que Estados Unidos viene ajustando su economía –como ya era hora de hacer– a regañadientes. Si bien la reciente devaluación del dólar permitirá recortar su inmenso déficit externo, el que –a setiembre, respecto al mismo mes del año pasado– ha caído 9.3 por ciento a “sólo” US$528,000 millones (gracias al aumento de las exportaciones en 11.8 por ciento frente al de las importaciones que sólo lo hicieron en 4.4 por ciento). Más grave aun para nosotros sería que China, sometiéndose a las presiones de Estados Unidos, revalúe drásticamente el subvaluado yuan, con lo que se reduciría su actual crecimiento anual de 11.5 por ciento en tres o cuatro puntos porcentuales.


A ello hay que añadir que sigue siendo de temer la creciente tendencia al proteccionismo que alientan ciertos lobbies del gigante del norte. Añádase a ello que, según The Economist (noviembre 8: Buying Off the Opposition), “los expertos (wonks) en comercio consideran que el voto de los congresistas a favor del Perú es una jugada cínica que les permite bloquear otros acuerdos comerciales sin ser tachados de ‘globofóbicos’”. Y, en efecto, estos supuestos “antiglobofóbicos” (que, se supone, conformaban la mayoría demócrata) estarían buscando pretextos –muy significativos e ilustrativos por cierto– para no firmar con el trío que está haciendo cola para la firma: con Corea del Sur, porque no les permiten el ingreso de sus carnes y porque temen que los inunden con sus autos y camiones baratos; con Panamá, porque un legislador local asesinó a un soldado estadounidense; y con Colombia, hasta que no reduzca los asesinatos que se han venido cometiendo contra dirigentes sindicales y otros disidentes.


Obviamente debe tenerse en cuenta que los congresistas de EEUU tampoco pueden estar pensando todo el tiempo en el bienestar del mundo, por lo que también deben ocuparse de su clientela, para lo que necesitan unos buenos cientos de miles de dólares para alcanzar la reelección. Y, en ese sentido, las interesadas donaciones que reciben de los lobbies para financiar sus campañas están a la orden del día: “The Democrats are riding high politically and getting sizable campaign contributions from the sectors that are benefiting the most from the global economy. These include financial services firms, computer chip makers and other high-tech manufacturers, the entertainment industry and farmers dependent on selling to markets overseas” (“Los Demócratas están en la cresta de la ola y reciben importantes contribuciones de sectores que se están beneficiando al máximo de la economía global. Éstos incluyen consultoras de servicios financieros, productores de chips de computadoras y otros elementos de alta tecnología, la industria del entretenimiento y agricultores orientados a mercados externos”), como acaba de informar The New York Times (noviembre 9: ‘Trade Accord Causes a Split of Democrats’). A pesar de ello, todavía quedan 116 congresistas demócratas “globofóbicos” que votaron en contra del TLC con el Perú, vis a vis los 109 que estuvieron a favor.



Jurgen Schuldt*

*Profesor e investigador de la Universidad del Pacífico

 

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