ABC del momento

¿El baile de los que sobran?

Edición de Agosto 2011

Las protestas estudiantiles en Chile y sus puntos críticos en una perspectiva regional

 

Durante los primeros años del segundo gobierno de Alan García, el entonces presidente repetía de forma regular que uno de los objetivos de su administración sería alcanzar el desarrollo demostrado por Chile en diversos aspectos. Uno de ellos –qué duda cabe– era el avance obtenido por el vecino del sur en sus indicadores de calidad educativa y acceso a la educación. Hoy, tras las maratónicas protestas de los estudiantes chilenos que duran ya más de tres meses, un manto de duda se cierne sobre la idoneidad del sistema educativo de Chile y cuestiona, de paso, la eficiencia del sistema educativo nacional.

 

Primera lección

¿Qué es, exactamente, lo que reclaman los colectivos estudiantiles chilenos? La agenda de puntos pendientes incluye como principal demanda que la educación secundaria y superior tenga un “financiamiento y planificación 100% estatal, vía presupuesto de la nación, con el fin de resguardar un sistema público que no contemple la gestación del lucro”. Camila Vallejo, la popular líder del movimiento y representante de la Confederación de Estudiantes de Chile (Confech), afirma que permitir el lucro en la educación “ha originado un esquema perverso en el que se han abierto muchísimas instituciones privadas sin ningún tipo de regulación por parte del Estado que, primero, lucran a costa de miles de familias y, luego, entregan a la sociedad miles de ‘cesantes ilustrados’”. Además, en Chile, todos los que hayan logrado entrar a la universidad (el examen de ingreso es conocido por ser un poderoso filtro) pagan lo mismo, tanto gente del sector económico A como del sector D. Ello es simplemente imposible para muchos, y el acceso a becas es contado casi como los dedos de una mano. Entonces, en Chile no sólo es necesario el esfuerzo académico, sino también el económico. De hecho, estadísticas de la Confech afirman que la tasa de deserciones por no poder costear su educación alcanza el 65% en los tres quintiles más bajos de ingresos. En particular, la propuesta estudiantil pasa por hacer gratuita la educación para los siete deciles más pobres y luego, progresivamente, alcanzar la gratuidad total. Sucede que en Chile la educación universitaria no se cobra –como sucede en el Perú– por escalas dependiendo de la situación económica del estudiante.

 

No deja de llamar la atención, sin embargo, que los reclamos dejan traslucir una agenda que va mucho más allá del interés en el sector educativo. En el documento oficial de demandas planteadas por la Confech, asuntos como la nacionalización del cobre y de todos los recursos naturales se entrelazan con temas como los impuestos a las empresas en medio de un lenguaje de inevitables reminiscencias marxistas. No es casual, pues, que Vallejo sea una militante activa del Partido Comunista de Chile y que al gran paro estudiantil llevado a cabo los últimos días de agosto se haya plegado la Central Unitaria de Trabajadores de Chile.

 

Segunda lección

Conviene recordar que, en una perspectiva regional, la situación de la educación chilena no es precisamente mala. En la última prueba internacional de PISA aplicada a estudiantes de 15 años –que se tomó en el 2009 y se centró en Lenguaje– Chile se ubicó en el lugar 44º de entre 65 países evaluados (gran parte de ellos pertenecientes a las OECD) y a la cabeza de la región, con lo que superó a Uruguay (47º), México (48º), Colombia (52º), Brasil (53º), Argentina (58º) y el Perú (63º). En tanto, universidades chilenas suelen destacar en los rankings regionales –tal como sucede en el caso de los MBA, especialidad en la que tres facultades chilenas se ubican entre las 10 primeras de esta parte del mundo–.

 

No es novedad, además, que la inversión chilena en educación resulta significativamente superior a la peruana. Sólo como ejemplo se puede mencionar que mientras el Perú destina 3.2% de su PBI a educación, Chile destina 4.4% al mismo fin, cifras que se traducen en un gasto por alumno como porcentaje del PBI per cápita de 8.1% en el Perú y de 14.7% en Chile. Además la calidad de esa inversión es superior, por ejemplo, a Argentina, que invierte 6% de su PBI y obtiene –como se ha visto– resultados menos auspiciosos. Así las cosas, el caldo de cultivo para una protesta nacional de tanto o más impacto que la chilena puede bien ser materia de una siguiente lección.

 

 

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