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El futuro del poder

Edición de Octubre 2011

 ¿La Encuesta del Poder refleja el poder de las nuevas generaciones?

Por Roberto Lerner

Ph.D. profesor principal PUCP

 

Lo que hacemos, lo que sabemos, lo que gozamos. Ponga usted, estimado lector, algún ingrediente adicional, más condimento que otra cosa, como preguntarse si está bien hacer, saber y gozar de determinadas maneras; o para qué hacer, saber y gozar si al final todo resulta siendo vanidad; o por qué hacer, saber y gozar en las combinaciones y medidas que acostumbramos. Y es que los términos con los que comenzamos este texto son lo esencial de la experiencia humana. El resto son racionalizaciones, explicaciones, justificaciones, con las que contamos los relatos individuales y colectivos de nuestro hacer, saber y gozar, lo que da sentido a nuestras vidas.

 

“La nueva generación no tiene poder”

FALSO. La nueva edición de este ritual que se llama El Poder en el Perú nos muestra a los que más pueden, saben y gozan en nuestro país, o, por lo menos, los que tienen los mayores márgenes de maniobra en esas dimensiones; o, por el lugar que ocupan en el pecking order nacional, fijan márgenes de maniobra ajenos y determinan las dosis, las secuencias y los accesos a hacer, saber y gozar, de quienes estamos debajo de ellos.

 

Sí, sin duda alguna, todos los que figuran en estas listas —y que también encontraremos en las fotos de eventos sociales de las principales revistas— son poderosos, por lo menos del primer piso para arriba en el conjunto habitacional llamado Perú. Porque sabemos, gracias a compulsiones audiovisuales del pasado reciente en nuestro caso, y a los libros de historia, que en los sótanos hay poderes inefables, no menos reales, y que también la corte de los milagros tiene sus mandamases.

 

Pero ¿cuán poderosos son los poderosos oficiales y visibles? La pregunta es relevante en una época en que las relaciones entre generaciones —prototipo de poder desde el principio de la historia— se ven trastocadas por la irrupción de niños, adolescentes y adultos jóvenes, rabiosamente interconectados por tecnologías que conocen mejor que nadie, mejor, en todo caso, que cualquiera de los rankeados.

 

Esa subversión no se refleja en la encuesta sobre el poder en el Perú. Aunque tenemos un presidente joven, un administrador de los tesoros nacionales también joven y una primera dama más joven, ninguno pertenece a la generación digital, que constituye el 31% de los electores hábiles de las elecciones generales pasadas y que serán el 2015, si tomamos a quienes tienen entre 10 y 29 años, el 36% de nuestra población.

 

Estamos hablando de personas que vivieron su adolescencia cuando se expandió el mundo digital o cuando emergió la realidad virtual o cuando, luego de la explosión de las punto com, se entronizó la Web 2.0. Personas que producen, consumen, conocen, comparten ideas, establecen relaciones, influyen en decisiones económicas y generan epidemias ideológicas (modas, tendencias, simpatías y antipatías), casi siempre al margen de aquellos espacios en que los poderosos de esta encuesta se mueven con soltura, garbo y asertividad, que se trate de los medios de comunicación, las universidades, las escuelas, las iglesias, las empresas, los museos, los ministerios, los municipios o Palacio de Gobierno.

 

“El poder se ejerce de forma unilateral”

FALSO. Presidentes —de todos los poderes del Estado, de sus distintas instancias y unidades geográficas, de directorios empresariales, de gremios—; rectores, directores e investigadores de instituciones educativas de todos los niveles; cardenales y pastores de iglesias; conductores de programas y periodistas; artistas y escritores siguen ejerciendo poder y tienen influencia. Pero no en lo esencial del hacer, saber y placer de los demás. Y, muchas veces, en las esferas todavía intactas de su alcance, el control es frágil y tienen que adecuarse a un fenómeno que muchas veces los desconcierta: el asunto es de dos vías y aquellos sobre los que se ejerce el poder tienen maneras de investigar, preguntar, cuestionar, burlarse, ridiculizar, neutralizar, contrarrestar y resistir, sin tener siquiera que acudir a una plaza pública, aunque –como lo demuestran las primaveras medio orientales y las indignaciones del primer mundo– pueden hacerlo sin mayor problema.

 

Para los poderosos tradicionales de las ligas mayores, y también para sus equivalentes en las divisiones menores, lo que viene de ellos llega al resto y determina sus actos, sus gustos y sus conocimientos. Los acatan y, de tanto en tanto —algunos lapsos son fijos y previsibles, otros no—, a través de votos, consumos, ratings y algunos rituales colectivos, el resto se pronuncia y les hace saber que ya no va más, o los ratifica.

 

Pero, aun de maneras imprecisas, todavía parciales, el resto o, mejor dicho, los restos, especialmente entre los más jóvenes, van creando espacios en los que lo lineal y unidireccional es la excepción; donde la opinión se forja sobre la marcha, donde el saber se produce en el acto mismo de su difusión y a través de ser compartido —no impartido—; donde la diversión es parte de la seriedad productiva, y donde uno hace, en la medida que colabora con un objetivo, independientemente de rangos y jerarquías.

 

Un político afirma algo, ofrece su cuento —es eso, más que un programa lo que motiva a los electores: un buen cuento en el mejor sentido de la palabra—. Un capitán de empresa define un concepto para su organización. Un periodista presenta los resultados de una investigación. Esas historias se insertan inmediatamente en las múltiples redes de la comunicación virtual y sufren todas las transformaciones de una especie sometida a las presiones de la evolución biológica, sólo que en tiempo real; son sometidas, una y otra vez, al escrutinio activo de un par de generaciones para las que la desconfianza es el default.

 

Si antes las empresas evaluaban a sus candidatos (a empleados), hoy son ellos quienes evalúan a las primeras, desde la entrevista inicial. Si antes los focus group y las encuestas definían las representaciones compartidas para determinar productos políticos y comerciales, hoy son los usuarios y consumidores —los llaman prosumidores— los que los van transformando al mismo tiempo que los usan y comparten sus experiencias sobre ellos. Si antes los profesores, los médicos, los especialistas en general traducían sus terminologías particulares y privativas, para decirles a sus clientes qué pasaba con ellos y qué debían hacer, hoy son miembros de comunidades de personas que tienen el mismo problema los que llegan con escenarios bien definidos, convicciones sustentadas y preguntas que no es fácil responder, ni siquiera por expertos.

 

¿A quién va a seguir un joven para comprar un atuendo, escoger una película, emitir un voto, optar por una organización dónde hacer sus prácticas, elegir una carrera, al gurú de la moda, al columnista de cine oficial del periódico más importante, al gerente de imagen institucional de una empresa, al candidato de un partido político, al intelectual consagrado; o a sus pares, conocidos o desconocidos físicamente, con quienes está conectado en tiempo real, que reaccionan inmediatamente a sus señales, contestan sus interrogantes, muestran sus imágenes y cuentan sus vivencias? ¿Quién tiene, entonces, el poder?

 

“El poder estará siempre concentrado”

FALSO. Aunque la transición de un poder focalizado a un poder desparramado y distribuido no es absoluta ni inmediata, aunque las promesas libertarias del segundo frente al primero tienen mucho de idealización y chocarán con la realidad como todas las ilusiones, aunque la interconectividad tiene también peligros y seguramente traerá su cuota de sufrimiento y tragedia, aunque en nuestro país las tareas de supervivencia de muchos los excluyen de lo virtual, los poderosos oficiales están pisando terrenos desconocidos y muchas de las cosas aquí señaladas desafían las reglas convencionales del ejercicio del poder a través de fenómenos generacionales y tecnológicos que –gusten o no– están para quedarse. La peor de las opciones es pretender que se podrá revertir esas tendencias y que no es necesario ajustar el ejercicio ni la concepción misma de qué es poder y quién es poderoso.

 

Hoy día hay mucha más gente a la que convencer, a la que seducir, a la que inspirar. Ya no son contados los que pueden llegar a acuerdos e imponer sus voluntades. Son demasiados los que realizan transacciones materiales, ideológicas, espirituales. Son más actores, más poderes, durante lapsos más cortos, variables muy numerosas y canales que no cesan de multiplicarse. Son varias las generaciones —cuatro y pronto, quizá, más— las que conviven en los espacios que ofrece la ciudad para trabajar, criar, enseñar, aprender, divertirse. No tan lejos de la cuna, las personas comienzan a mover sus dedos sobre pantallas que responden a ellos, y antes de una tumba que se aleja cada vez más, siguen aprendiendo.

 

Si el poder siempre fue ilusión, hoy lo es más, lo mismo que el saber y el placer. Claro –como dijo Niels Bohr–, predecir es muy complicado, sobre todo cuando se trata del futuro, y mañana las cosas se presentarán más complejas para los aspirantes a figurar en la lista que es objeto de esta publicación.

 

Alguna vez el poder estuvo definido por el acceso a la memoria y la experiencia. Hoy, por lo menos la memoria, está al alcance de cualquier dedo. Luego estuvo definido por el nacimiento, las posesiones, las armas, el conocimiento especializado, el control de las creencias, los resortes económicos. Las anteriores variables no han dejado de tener peso, pero son menos resistentes y decisivas, sobre todo ante millones de independientes que se asocian temporalmente y colaboran intensamente, mezclando placer, poder y saber, borrando las fronteras entre comunicar y producir, comunicar y aprender, comunicar y enseñar, comunicar y evaluar.

 

“Los jóvenes son indiferentes al poder”

FALSO. En virtud de todo lo anterior, los jóvenes no son indiferentes al poder y su ejercicio, ni al poder y sus efectos, ni a las causas colectivas para cambiar el estado de las cosas y la realidad.

 

Las causas que los movilizan son menos ideológicas y quieren traducirlas a formas de bienestar que se puedan definir claramente. Las causas que los congregan no son delegables en representantes a tiempo completo que reciben su apoyo incondicional durante tiempos largos. Si dan su tiempo o su dinero, quieren saber qué resulta de ello, y mejor si la retroalimentación es rápida cuando no inmediata. Si apoyan algo, lo escrutan rápidamente, comparten sus experiencias sobre el objeto de su apoyo y buscan saber cómo han sido las de otros. Y si se acumulan evidencias de inconsistencia, si los líderes visibles no encarnan la historia que cuentan, el apoyo se evapora como perfume.

 

Humala, Cipriani y Romero son poderosos, sin duda, pero mucho menos de lo que pensamos —si ellos lo saben, pues, sería un punto a su favor— y están en el radar de poca gente o por muy poco tiempo, en la medida en que deben competir con señales, motivaciones e historias poderosas, que vienen de fuentes más excitantes e interesantes, que ofrecen interacción, retroalimentación, placer, relevancia con respecto de la vida cotidiana y conocimiento, sobre todo en el caso de los más jóvenes.

 

Una pregunta final: ¿cuál es la composición de la muestra que arroja el ranking del poder en nuestro país? Entiendo que solamente el 20% de quienes la conformaron tienen menos de 40 años, y lo más probable es que hayan sido entrevistados en sus oficinas o desde ellas hayan contestado vía correo electrónico a las diversas preguntas acerca de sus percepciones sobre el poder y los poderosos. Sería interesante que el próximo año se introduzcan más variables generacionales, tanto en las preguntas como en el  muestreo, y que se use también, no exclusivamente, algunas de las tecnologías a través de las cuales transitan las ideas y representaciones en nuestro país al margen, por ahora, de las avenidas del poder oficial. 

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