Para que una revolución logre éxito –sostenía Lenin– se requiere un partido político bien estructurado y disciplinado, un liderazgo firme, y un programa muy concreto. Las revueltas iniciadas este año en Túnez y Egipto, que en febrero originaron la renuncia de Hosni Mubarak a la presidencia de este último país, carecían de estos requisitos. Fueron movimientos carentes de organización, de líderes identificables, de una agenda precisa. No fueron violentas, pero sí auténticas y espontáneas, y –con la ayuda de la tecnología moderna– resultaron multitudinarias.
Durante los últimos meses, en países como Libia, Yemen, Bahréin y Siria, las protestas se han tornado más violentas y confusas. Muchos de los que se ilusionaron al inicio con los potenciales beneficios de un cambio político en tales países han empezado a verse afectados por los obvios costos implícitos en cualquier transición compleja.Hussein Agha, profesor de Oxford, y Robert Malley, asesor del ex presidente Bill Clinton, comparan –en The New York Review of Books– las actuales revueltas con las registradas en los 50 y 60 en los países árabes. Los slogans de entonces celebraban la independencia, la unidad, la libertad, la dignidad y el socialismo. Al final, las posiciones de extrema izquierda resultaron aplastadas; los liberales fueron acusados de extranjerizantes, y terminaron marginados; los islamistas más fanáticos fueron considerados como una amenaza, y fueron combatidos. El gobierno se convirtió en coaliciones autoritarias entre los ejércitos y algunos movimientos nacionalistas seculares autotitulados como modernos y socialistas. Sólo ellos podían jugar a la política. Para los demás, ésta era considerada una actividad criminal.
El fracaso fue mayor. La riqueza se concentró, la corrupción se multiplicó. Tales décadas generaron no sólo un estancamiento en el crecimiento, sino también un gobierno disfuncional y una severa represión policial.
Las revueltas del 2011 constituyen expresión de un hartazgo ante esta situación. Aunque al comienzo sólo se reclamaba por reformas, la demanda real era por un cambio de régimen. Y en Túnez y Egipto, se ganó a la primera y de manera imprevista. En los demás países, las cosas se han complicado, en parte porque los regímenes han tenido tiempo para adaptarse y replicar.
Las consecuencias finales de este proceso pueden resultar profundas. No son fáciles de prever. El equilibrio regional puede verse severamente afectado. Irán puede perder a Siria como aliado; EEUU a Egipto. Arabia Saudita puede perder la supremacía que hoy ejerce sobre el Golfo. Turquía puede ver debilitado su actual prestigio e Irak su frágil democracia. El conflicto puede ampliarse, generando caos e inestabilidad.
Aunque originadas en un hartazgo ante el deterioro económico, las revueltas pueden terminar agravando la situación. Donde vaya a celebrarse elecciones, éstas pueden resultar muy confusas, ya que enfrentarán a candidatos sin experiencia política previa. La mayoría de los estados mencionados sufre de tensiones tribales, étnicas o sectarias. La cultura árabe está impregnada de lazos familiares y la religión cumple, en ella, un rol central. La guerra civil no deja de constituir una amenaza latente.
Cuando cualquier dictador cae, se genera una turbulencia, cuyos costos económicos y en materia de seguridad inducen después a las mayorías a reclamar orden. Los revoltosos más entusiastas pueden carecer de suficiente organización y experiencia política. En tal sentido, el destino final de las revueltas puede quedar en manos distintas a las de los que las iniciaron.
Mirando al futuro, los grupos más izquierdistas y nacionalistas tienen el lastre de sus vínculos con el fracaso de los regímenes previos. Los líderes más liberales, que reciben mucha cobertura mediática en Occidente, carecen de suficiente apoyo interno. Hay facciones entre los regímenes derrotados que mantienen parcelas de poder, así como contactos con las fuerzas de seguridad. Cualquiera de ellos, sin embargo, requerirá de nuevos aliados.
Los grupos cruciales resultan dos: los militares, que preferirían ejercer un poder tras bambalinas; y los islamistas que, sin haber sido los iniciadores del proceso, pueden finalmente aprovecharse de una oportunidad muy singular.
Gracias a su organización, su etapa de catacumbas les puede haber dado algunas ventajas. Son actualmente la única fuerza política aún no testeada en el gobierno. Su lenguaje religioso y su código moral resuenan bien en muchos sectores de la población. Los islamistas son conscientes de las diversas resistencias que generan, tanto interna como externamente. A veces, incluso, han pagado caro por ello. Preferirían, esta vez, formar coaliciones, liderar desde atrás, darle menor importancia a la ley islámica y más atención a un gobierno eficaz y a la lucha contra la corrupción, el libre mercado y un sistema político plural que rescate los derechos de la mujer. El modelo al que se aspiraría podría ser más Turquía que Irán o Afganistán. Sin embargo, como se carece del marco institucional turco, los modelos terminarían diseñándose uno a uno y a la medida.
Occidente celebró la primavera árabe por la ilusión eventual de una sociedad más libre, abierta y democrática en estos países. Las revoluciones, sin embargo, muchas veces devoran a sus hijos. Las banderas las recogen los decididos, los pacientes, aquellos que saben quiénes son y qué es lo que buscan, los que saben alcanzar lo que aspiran. Las revoluciones son explosiones relativamente breves que destruyen lo que encuentran al frente, a veces incluso a las personas y a las ideas que las inspiraron. Podría suceder con las revueltas árabes en curso. Los jóvenes que inicialmente tomaron las calles –afirman Agha y Malley– pueden quedar desubicados en el proceso de lo que vendrá. La población los recordará con gratitud por lo que hicieron. Les tendrá admiración y reconocerá su valía. Pero puede no sentirse efectivamente representada por ellos. No tendría por qué sorprender a un revolucionario que lo terminen dejando a un lado. La historia está llena de ejemplos.
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