Daniel Kahneman, el psicólogo honrado con el Premio Nobel de Economía, acaba de publicar Thinking, Fast and Slow; un libro centrado en el estudio de las ilusiones cognitivas, aquellas falsas creencias que aceptamos intuitivamente como ciertas. La gran contribución de Kahneman ha sido convertir la psicología en una ciencia también cuantitativa, lo que ha permitido enriquecer el entendimiento de la economía que, en su versión clásica, asumía al ser humano como un ser racional que decide siempre en función de optimizar su beneficio.
En su libro, Kahneman sostiene que, para organizar el conocimiento, coexisten en el cerebro humano dos sistemas independientes: los llama el Sistema Uno y el Sistema Dos. El Uno es impresionantemente rápido: nos sirve, por ejemplo, para reconocer caras en fracciones de segundo. Probablemente se originó cuando nuestros antepasados mamíferos sobrevivían en un mundo de grandes depredadores reptiles. En cualquier selva, la sobrevivencia requiere de un cerebro limitado pero rápido. Llamamos usualmente intuición a lo que el Sistema Uno concluye rápidamente sin esperar a la conciencia racional. El Sistema Uno tiene un acceso casi instantáneo a un vasto almacén de memoria, que es el que utiliza de referencia para adelantar conclusiones. Y las memorias más impactantes e influyentes son aquellas asociadas con emociones muy intensas: el miedo, el dolor, el odio. El Sistema Uno no resulta muy acertado. Es, más bien, la herencia del mundo de la selva, donde mejor le va al rápido, incluso si se equivoca, que a uno muy acertado, pero lento al decidir.
El Sistema Dos, a través del proceso lento de análisis y examen crítico de la evidencia disponible, llega a juicios más conscientes. Para ello, toma en cuenta los insumos del Sistema Uno, pero nos da la opción de revisar las opciones y corregir los errores. Probablemente esa parte del cerebro se desarrolló más recientemente, cuando nuestros antecesores ya primates se subían a los árboles donde tenían algo más de tiempo para pensar. Un mono en un árbol, más que de su sobrevivencia, está preocupado de su territorio, de planear y coordinar actividades con su grupo familiar. Es el Sistema Dos el que, a los humanos, nos ha permitido crear luego la cultura y el arte.
La pregunta lógica es: ¿por qué no abandonamos el Sistema Uno, tan primario y sujeto a errores, para concentrarnos en un Sistema Dos, más confiable? La respuesta de Kahneman es que éste es uno muy ocioso y que requiere de esfuerzo mental, así como de tiempo y calorías. Así, el consumo de glucosa aumenta cuando el Sistema Dos se activa. Todo “piensa” es finalmente costoso y nuestras vidas están orientadas a economizar pensamiento. Incluso muchas de las herramientas intelectuales –cálculo matemático, lógica, retórica– pueden convertirse en sustitutos tramposos del pensamiento. Rutinas como las de calcular, hablar y escribir pueden hacernos creer que el Sistema Dos ya está a cargo de nuestra mente cuando no lo está aún. Recién lo activamos cuando hemos agotado estas alternativas fáciles y nos ponemos realmente a pensar.
Aunque menos que en el caso del Sistema Uno, las ilusiones no dejan de distorsionar las decisiones del Sistema Dos. Kahneman se refiere y analiza sesgos diversos. Por ejemplo, en las playas de San Diego, California, por bañarse arriesgadamente, suele ahogarse un número de personas, cifra que se registra anualmente. Cuando, muy ocasionalmente, algún bañista es atacado por un tiburón, el número anual de ahogados de los años siguientes se reduce significativamente, hasta que gradualmente regresa a su valor normal. Kahneman argumenta que, debido a las escenas de la popular película sobre el tema y a los titulares de primera página que el inusual evento de un ataque generan, la gran mayoría de las personas tiene un registro muy vívido en su mente de lo que implica ser atacado por un tiburón –algo inusual–, no así de lo que implica ahogarse por imprudente –algo más frecuente–. Por lo tanto, cualquier eventual ataque hace que la gente –durante los años siguientes– se vuelva más cuidadosa al entrar al mar. Así, se registra una paradoja: los muy raros ataques de tiburones han terminado salvando vidas de potenciales ahogados, ya que induce a los bañistas a una mayor prudencia.
Hay otros sesgos. Por ejemplo, uno patrimonialista, solemos dar más valor a aquellas cosas de las que somos dueños. Kahneman presenta un experimento con un grupo al que divide en dos: “compradores” y “vendedores”. A cada “vendedor” le obsequia una taza de café y lo invita a vendérsela a un “comprador” al frente. Los “compradores”, por su parte, no reciben nada y se les invita a usar su propio dinero para comprar una taza de algún vendedor al frente. Los precios referenciales promedio en un experimento típico fueron: US$7.12 para “vendedores” y US$2.87 para “compradores”. Como consecuencia, pocas tazas cambiaron de manos. La economía clásica sostiene que, en un mercado libre, compradores y vendedores conciliarían en un precio de mercado. Ello puede ser la norma en una bolsa organizada entre agentes profesionales que negocian productos y acciones. Pero Kahneman sostiene que el sesgo patrimonialista influye en la fluidez de algunos mercados. Y como entre los más pobres, ser dueño de algo, por pequeño que sea, otorga status y poder, y éstos resultan muchas veces más importantes que el dinero, los mercados se atracan, no fluyen.
Si incluso el Sistema Dos está sujeto a estos sesgos, cuando no a la irracionalidad del Sistema Uno, ¿qué ganamos con avanzar en esta mayor precisión? Lo que Kahneman plantea es la necesidad de un enriquecimiento del lenguaje, la introducción de nuevos términos que permitan una visión más clara del contexto en que decidimos, y cuando conversamos de nuestras discrepancias.
En la reseña crítica de este libro para The New York Review of Books, el físico Freeman Dyson se sorprende, con razón, de que el autor no cite, en referencia alguna, a Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis. Si durante la primera mitad del siglo XX Freud fue la figura dominante de la psicología, pareciera que, de entonces a esta parte, se hubiera vuelto en un dictador destronado.
Normas de uso:
Esta es la opinión de nuestros lectores, no de PERUeconomico.com
No está permitido dejar comentarios contrarios a las leyes peruanas o injuriantes
Su comentario no debe exceder los 1500 caracteres