Entrevistas

Juan Miguel Bákula Patiño

Edición de Octubre 2007

A sus 93 años, el embajador Juan Miguel Bákula afirma que su generación es la última que puede sentir rencor hacia Chile .En cerca de 70 años al servicio de Torre Tagle, ha sido protagonista de importantes episodios de la historia del Perú del siglo XX. Estas vivencias han forjado la persona que es hoy y le han dado un profundo y fresco entendimiento de la actual relación del Perú con el mundo y con sus vecinos. Sobre estos temas y sobre su vida conversó con Perú Económico.

   

André Malraux decía que “las fronteras son las cicatrices de la historia”. Como embajador, ¿qué opinión le merece esa afirmación? ¿Es la frontera con Chile una herida aún viva, que no termina de cicatrizar?

Hay que entender que cuando en 1929 Leguía negocia la paz con Chile –que en realidad era la paz por primera vez, porque habíamos vivido una suerte de armisticio–, lo que se consiguió fue una opción de paz. No íbamos a seguir siendo personas que pensaran en la revancha, porque ésta había sido siempre un imposible. Y es que los problemas del Perú no eran externos, sino internos. En 1922 se inicia la negociación, y el mundo vivía una situación especial de posguerra. Leguía pensaba que el Perú no debía quedarse atrás en esta resurrección del progreso, pero no podía dirigir este proceso rodeado de enemigos. La concepción de Leguía en ese sentido fue genial: resolvió en su primer gobierno los problemas con Bolivia y Brasil, y en el segundo, los problemas con Colombia y Chile. Asimismo, dejó prefigurada la solución con Ecuador para poder liberar al Perú de este cinturón de fuego, y lanzar así al país hacia esa suerte de resurrección.


Esa idea, esa acción de paz es la que se toma en 1986. Íbamos a construir en Arica una nueva relación que beneficie a Tacna y al Perú. Basadre se quejaba amargamente de que Tacna había sido la provincia más olvidada, y dice una frase histórica que la gente olvida: “Yo estaría a favor de cualquier solución siempre y cuando eso significara que Tacna pasa a ser una preocupación para el Perú”. Eso es lo que propugnaba Allan Wagner cuando fue canciller durante el primer gobierno de Alan García. No obstante, se dio cuenta de que había un problema –la delimitación de nuestras zonas marítimas– que si no se encaraba pronto, podría dar muchas dificultades en el futuro. Wagner le habló al canciller Del Valle de este problema, pero hubo un acuerdo de que el asunto no podría ser negociado en ese momento, pues no era parte de las “obligaciones pendientes” acordadas en 1929 que no se habían cumplido por parte de Chile, como construir instalaciones portuarias en beneficio del Perú en Arica. Por ello, Wagner me encomendó que formara parte de una delegación que viajó a Chile a ver este tema. El canciller de Chile me recibió, y me señaló que por ahora la delimitación de nuestras zonas marítimas parecería no preocupar a la gente, pero que el día de mañana el tema podría causar serias complicaciones a la amistad de ambos países. Las conversaciones de Allan Wagner avanzaron como nunca lo habían hecho después de Leguía. Él fue el primer canciller peruano que visita en un plan de promoción tanto Ecuador como Chile, y el año siguiente Bolivia y Colombia.


No obstante, este esfuerzo con Chile luego fracasó porque, como dice Wagner en sus escritos, las circunstancias crearon de pronto una situación en la cual Pinochet, que al ser candidato, necesitaba el apoyo de la Marina chilena, la cual se oponía al entendimiento con el Perú. Creo que la Marina chilena ha contribuido a que este problema se convierta en un tema sensible y a que utilicen aspectos que tienen que ver más con la psicología y el aprovechamiento que con la realidad, como es el momento que vivimos ahora.

 

El Ministerio de Relaciones Exteriores maneja una excelente imagen en comparación con otras dependencias estatales. ¿A qué cree usted que se deba esta percepción?

Ser moderno tiene por exigencia la excelencia de contar con un centro neurálgico, un centro de administración, un centro de ejecución de políticas, cuya misión es vincular al país con el mundo, y antes que eso, coordinar internamente la visión del mundo. No creo que otro ministerio pueda sumir esa misión.


Hoy el gran fenómeno es la comunidad de problemas que tenemos en el mundo. Todos padecemos de lo que pudiéramos llamar las amenazas globales. Todos somos víctimas del cambio climático, de la pobreza, y de las olas de inmigrantes. Estamos, además, frente al fenómeno de la globalización, que no lo hemos producido nosotros, y somos periféricos al problema. Lo que quiero decir es que la dependencia de un país en cuanto a su entorno próximo o remoto es lo más importante que puede tener en mente un gobierno; sus clases dirigentes y su pueblo. El cómo podamos aprovechar esta relación con el mundo, con los vecinos, con la comunidad universal, es el más importante de los deberes y la principal de todas las tareas. Por eso, si bien todos los sectores del país y todos los ministerios tienen algún tipo de función que se relaciona con el exterior, debe haber un centro que represente la voz unívoca del Estado, porque éste no puede tener siete voces o 14 frente al resto. Para que ese mecanismo funcione, necesitamos un centro de administración que esté encargado a un grupo, que esté especialmente preparado, pero que sea capaz de entender que cumple una misión, que sea capaz de tener seguridad y estabilidad y de someterse con gusto a un severo proceso de selección. Ello quiere decir que cuando un funcionario asciende, más que un premio, se le asignan mayores responsabilidades y su aptitud es puesta a prueba.

  ¿Qué recuerdos tiene de su infancia?

Mi educación comenzó en el colegio Las Madres Reparadoras en la calle Bellavista, en Miraflores. Tuve como compañero a mi amigo del alma Fernando Elías Aparicio, hoy vicealmirante en retiro. Como era colegio mixto, conmigo estudiaron las hijas del Dr. Domingo Rey, Delia y Laura Rey; también estudiaron los Alayza Grundy, Jorge y Lucho.


De ahí pasé a La Inmaculada, desde cuarto de primaria hasta el final de secundaria. Terminamos 27. Luego no tuve otra actividad fuera del estudio en el Ministerio de Relaciones Exteriores, al que entré a los 19 años como meritorio.

  ¿Qué lo motivó a entrar de tan temprana edad de meritorio?

Probablemente el hecho de que en ese momento el ministerio tenía cierto prestigio. La gente de mis tiempos en el ministerio fue un grupo muy interesante. Alberto Wagner, Fernando Schwalb, Guillermo Lohmann, Arturo García, los hermanos La Fuente. Todos pasamos por un concurso; nuestro ingreso al ministerio y después al servicio diplomático fue fruto de una selección que nos costó mucho trabajo, pero en general éramos un grupo de buenos estudiantes. Por ello cito a Alberto Wagner Reyna, uno de los filósofos más importantes que ha tenido el Perú, y a Guillermo Lohmann, que ha sido el más importante historiador de la Colonia en el Perú. Quizás la amistad con esta gente fue la que hizo de nuestro grupo un centro de estudio. Después ingresaron al ministerio, en una muy inmediata secuencia, Alejandro Deustua, Carlos Alzamora, y Javier Pérez de Cuéllar, con una diferencia que el tiempo ha borrado, pues nos consideramos casi de la misma promoción. Esto es interesante porque en 1980 teníamos en el mundo la siguiente distribución: Javier Pérez de Cuéllar, secretario general de Naciones Unidas; Carlos Alzamora, secretario general del SELA (Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe); José de la Puente, secretario general del Pacto Andino; Guillermo Lohmann, secretario general de la Oficina de Educación Iberoamericana; y yo, secretario general de la Comisión Permanente del Pacífico Sur.


Sería absolutamente increíble que estos cinco organismos pudieran estar hoy –simultáneamente– bajo el mando de funcionarios diplomáticos peruanos.

  ¿Se repetirá esta situación algún día?

No creo, simplemente por un cálculo actuarial. Para que coincidan cinco personas de un grupo de 500 en una organización que abarca millones de habitantes, un cálculo actuarial diría que eso se va a producir cada 7,500 años (risas).

 

¿A lo largo de su carrera, qué personajes de la historia peruana del siglo XX conoció que hayan llamado su atención?

He tenido la suerte de trabajar y de beneficiarme de la amistad de gente como Alberto Ulloa, Raúl Porras, Carlos Concha, Jorge Prado. Mis jefes directos en el ministerio fueron Hernán Bellido y Enrique Goytizolo, que eran personajes extraordinariamente importantes por su calidad humana.

Por otro lado, la vida en el extranjero le permite a uno tener relación directa con distinguidas personalidades. Conocí y traté a Gregorio Marañón que era uno de los españoles más importantes de su tiempo. En Colombia he sido muy amigo de dos presidentes, Alberto Lleras Camargo y Carlos Lleras Restrepo. El simple trato con esa gente es, pues, un privilegio. Al tratarse de una amistad cordial, es quizás el mejor recuerdo que uno pueda tener de una relación.


He vivido 10 años en Ecuador, cinco como tercer secretario cuando fue el conflicto de 1941, de 1940 a 1945; y cinco como embajador, de 1967 a 1972. Mi relación con los ecuatorianos es de una cordialidad extraordinaria. Personalmente, nunca tuve un incidente, a pesar de que fueron tiempos difíciles.


Me han tocado vivir momentos muy interesantes, que ya no los voy a recapitular, pero así como pude acompañar a Allan Wagner a una gestión de primordial importancia para el país –la cuestión de los límites marítimos–, la vida me ha hecho estar de testigo y a veces de protagonista en un rincón de la escena de sucesos muy importantes. He asistido a las cuatro o cinco conferencias iniciales del sistema panamericano; he sido presidente de la delegación del Perú de la más importante conferencia de su tiempo, la Conferencia del Mar, a la que asistieron todos los pueblos del mundo, incluso las representaciones de los movimientos de liberación. Estas vivencias enriquecen de tal manera la experiencia de la persona que siento haber sido gratificado por la vida, y por lo tanto, siento que Torre Tagle, si bien es la casa de muchos, también es la mía.

  ¿Qué hubiese sido de no ser diplomático?

Siempre me he sentido muy satisfecho de lo que he hecho. Además de haber sido colaborador de gente muy importante; estuve en España cinco años  con el embajador, el mariscal Eloy Ureta. No tenía con él relación alguna previa, pero me llamó el ministro y me preguntó si tendría inconveniente de ir a España y hablar con el mariscal. Nunca lo había visto a este caballero.

Hablamos cinco minutos y me preguntó si estaba dispuesto a viajar, a lo cual yo respondí que sí. Durante cinco años fui su colaborador inmediato con gran aprecio y respeto por este hombre que realmente depositó en mí una confianza muy grande sin dejar su autoridad, y me dio la oportunidad de un trato con alguien de actitud y de manera de entender la vida tan diferente a la que yo podía tener.


Igual me pasó con Manuel Seoane, quien para mí representa un recuerdo imborrable por la extraordinaria calidad humana.


En ese sentido, todo lo que tengo son motivos de gratitud a la providencia, a la suerte. Me he empeñado mucho en todo este tiempo, y si he tenido un fruto, quizás creo que lo podría yo mencionar, es el núcleo familiar, mi mujer y mis hijos. Mis hijos también son de alguna manera ciudadanos del mundo. Actualmente, Cecilia es la directora del Instituto Nacional de Cultura, un fruto un poco de esa permanencia fuera.


Además, aprovecho la oportunidad de decir, con buen espíritu, que me precia no haber mentido nunca en mi relación oficial.

  ¿Qué expresiones artísticas son de su preferencia?

Hay una cosa que es simpática, el rescate de las cosas de fuera. Yo he podido comprar algo de pintura. Tengo un lindo Baca Flor que compré en Chile, un Hernández, unas acuarelas británicas, entre otros. Si uno cuando está en el exterior puede gozar de un tiempo libre, ya sea en Europa o en América, debe disfrutar de la visión del paisaje, del trato de los hombres, de la presencia de las multitudes, de la riqueza de los museos, y de la satisfacción enorme de haber escuchado conciertos memorables.

  ¿Alguno en especial?

A la orquesta sinfónica de Viena la escuché en París interpretando la primera sinfonía de Mahler… simplemente sobrecogedor, una de las emociones más importantes que a uno le brinda la vida.

Por otro lado, creo que he sido la única persona que ha podido gozar de la oportunidad de vivir lo que viví en el sesquicentenario de la independencia del Perú. Yo en aquella época estaba en Quito, de embajador, y me pareció que en esa ocasión no se debía olvidar la participación de los batallones de Bolívar, que fueron esencialmente guayaquileños y quiteños, en la independencia del Perú. Tener la oportunidad de rememorar esta acción de las fuerzas armadas de Ecuador en beneficio del Perú debía hacerse junto con el recuerdo de la independencia. El gobierno ecuatoriano gentilmente aceptó que yo depositara una ofrenda floral ante el féretro de Hugo Ortiz, héroe de la campaña del 41. Así, ese 28 de julio me presenté con todo el personal, entre los que se contaba un militar, un marino y un aviador, todos con uniforme de gala. Se dio el toque de atención, se presentaron armas, entré al recinto y deposité el arreglo. Al salir, tocaron el himno nacional del Perú…


Creo que ese tipo de recuerdos lo marcan a uno no sólo en lo personal, sino también en lo simbólico.


Por Benjamín Huamán de los Heros V*

* Jefe de redacción de Perú Económico

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