No. Las fuerzas del comercio internacional y la globalización no se vieron de verdad afectadas por los atentados del 11-S. La aparición de China como nuevo gigante económico en Asia sigue adelante, con todas sus connotaciones económicas, diplomáticas y militares. Los que son puntos candentes desde hace decenios continúan siéndolo. China y Taiwán siguen observándose con suspicacia de un lado al otro del estrecho. El conflicto de Cachemira, entre una India y un Pakistán nucleares, no muestra indicios de resolverse. El ciclo de provocaciones y retiradas de Corea del Norte con Estados Unidos y Japón no ha variado de manera sustancial desde la administración Clinton.
En Oriente Medio, incluso, hay más continuidad que cambio. El ataque de Al Qaeda no dio respuesta a las interrogantes sobre la influencia iraní en Siria y Líbano y sobre las repercusiones a largo plazo de la revolución del ayatolá Jomeini en la región. La dependencia mundial del petróleo del Golfo Pérsico es tan grande como siempre. Los escleróticos, pero obstinados, regímenes saudí y egipcio persisten. A pesar de su espectacularidad y su dramatismo, el 11-S dejó intactas muchas de las tensiones constantes de la política internacional.
“El 11-S fue una victoria para Al Qaeda”Hasta cierto punto. La operación, desde luego, fue una gran muestra de terrorismo espectacular y a gran escala. Pero ¿favoreció de verdad los objetivos de la organización? Como consecuencia, Al Qaeda perdió sus bases y a sus anfitriones talibanes en Afganistán. Algunos estrategas de la organización habían querido extender el poder talibán a países vecinos como Tayikistán, Uzbekistán y, con el tiempo, Pakistán. Por el contrario, los líderes del movimiento tuvieron que huir al extranjero o refugiarse en cuevas. Los ataques militares y las actividades de los servicios de espionaje han desbaratado la organización, y en Pakistán se ha detenido a cientos de agentes fundamentales. La correspondencia y las comunicaciones de Internet interceptadas revelan que algunos miembros de Al Qaeda están resentidos con Osama Bin Laden y su mano derecha, Ayman Al Zawahiri, por haber desatado la ira de Estados Unidos. Por más que a Al Qaeda, como movimiento, le hayan beneficiado los triunfos de la insurgencia iraquí, sus dirigentes no habían previsto la guerra de Irak. La organización ha aprovechado la lucha para difundir su mensaje y reclutar a más gente.
“Las grandes operaciones se han sustituido por atentados cometidos por células locales”
Probablemente. El terrorismo posterior al 11-S –desde Bali hasta Londres, pasando por Madrid– es responsabilidad de pequeños grupos locales que imitan a Al Qaeda, pero no tienen contacto directo con ella.
El trastorno económico y social que causan estas operaciones es limitado, y ésa es la razón de que Al Qaeda no se moleste en ellas. El núcleo dirigente prefiere el terrorismo que tiene un gran impacto psicológico y político. Un impacto que se ha vuelto muy difícil de lograr. Los secuestradores del 11-S explotaron las lagunas conceptuales que había en los procedimientos de seguridad de Estados Unidos: los expertos no contaban con que los terroristas fueran capaces de pilotar aviones, ni con que fueran a suicidarse. Sería muy difícil volver a llevar a cabo una operación tan compleja. El mando y el control de la organización han quedado gravemente trastocados, y los servicios de seguridad de todo el mundo están alerta.
Pero Al Qaeda no está totalmente fuera de juego. En febrero del 2006, sus agentes estuvieron a punto de hacer estallar la refinería de petróleo de Abqaiq, en Arabia Saudita, lo cual habría provocado una enorme subida del precio del petróleo y una escasez general de combustible. Ahora bien, el hecho de que el aparato de seguridad saudita, en otro tiempo poroso, lograra impedir el atentado, es una prueba evidente de las limitaciones de Al Qaeda.
“El 11-S fue un choque de civilizaciones”Falso. La idea de que los musulmanes odian a Occidente por su estilo de vida es errónea, y el 11-S no supuso ningún cambio en ese sentido. El exhaustivo sondeo sobre valores World Values Survey llegó a la conclusión de que más del 90 por ciento de los entrevistados en gran parte del mundo musulmán consideraban la democracia como la mejor forma de gobierno. Las encuestas realizadas por el Pew Research Center for the People and the Press revelan que la mitad de los interrogados en países como Turquía y Marruecos cree que si un musulmán emigra a Estados Unidos, vivirá mejor. El aspecto en el que la opinión pública musulmana reconoce una diferencia de valores con Estados Unidos y Europa es el de los criterios de conducta sexual, sobre todo la aceptación de la homosexualidad. En otras palabras, los musulmanes rechazan lo que podría llamarse la moralidad de Hollywood, igual que hacen los conservadores y los evangélicos en Estados Unidos. Esas diferencias, por sí solas, no empujan a la gente a la violencia.
Si no es un choque de civilizaciones, ¿qué es? Es un choque de políticas. Bin Laden ha expresado su indignación por la “ocupación de las tres ciudades santas” –La Meca, Medina y Jerusalén–, por la presencia militar estadounidense en Arabia Saudí (ya terminada) y el control israelí de Jerusalén. Antes de la guerra de Irak, las encuestas revelaban que lo que más preocupaba a los musulmanes era el apoyo total de Washington a la política de Israel respecto a los palestinos.
Ahora, la sangrienta ocupación estadounidense de Irak ha creado otro punto de tensión: el mundo musulmán no cree que el país vaya a estar mejor gracias a la intervención norteamericana. Lo que los musulmanes entienden como “democracia” parece incluir la autonomía y la independencia nacional. El 11-S y la reacción de Estados Unidos han ahondado las diferencias políticas, pero no han creado un choque de civilizaciones.
“La guerra contra el terror no tiene fin”De eso se trata. El gobierno de Bush ha definido la lucha con vaguedad precisamente para que no pueda tener fin; está claro que a George W. Bush le gustan las prerrogativas de ser presidente en tiempos de guerra. De modo que la Administración se ha dedicado a ampliar las metas y los objetivos de esta guerra de un grupo a otro o de un área geográfica a otra. Hay un trabajo antiterrorista dirigido contra Al Qaeda y, más en general, la facción yihadista salafista del radicalismo suní. Está también la lucha para fortalecer a los tayikos, los hazaras y los uzbecos de la Alianza del Norte en Afganistán, y aplastar de forma permanente a los talibanes de la región pastún. En Irak, el objetivo es asegurar la hegemonía de los kurdos y los chiíes sobre los árabes suníes. Y luego está el esfuerzo para contener o derrocar al régimen baazista laico de Siria y a los ayatolás chiíes en Irán. Hasta Corea del Norte entra, a veces, en esta campaña. Más que una guerra coherente, es una lista de lo que le gustaría a un halcón.
Si la “guerra contra el terror” es todas estas cosas, entonces podría prolongarse años y años. Pero si no hay ningún gran atentado en Estados Unidos, aumentarán las presiones para que Washington deje de jugar con las políticas de Kandahar y Ramadi, y más aún con las de Damasco y Teherán. En algún momento, la gente tendrá que escoger entre seguir pagando los conflictos de Bush o Medicare. Y ésa será la forma de que verdaderamente termine la “guerra contra el terrorismo”.
“El 11-S cambió la política de Estados Unidos”No. La política estadounidense ha cambiado sólo de forma marginal. Los atentados eliminaron temporalmente las restricciones sobre los dirigentes políticos y les permitieron llevar a cabo sus políticas más agresivas. Ahora sabemos que el presidente Bush y sus consejeros querían acabar con el régimen de Sadam desde mucho antes del 11-S. De no haberse producido, el gobierno quizá habría recurrido a una campaña limitada de bombardeos, una operación encubierta o un intento de golpe de Estado. Los atentados, de pronto, hicieron que pareciera más rentable, desde el punto de vista político, una guerra terrestre de años en Oriente Medio. Pero esa energía ya se ha disipado y ha dejado detrás pocos cambios fundamentales en la política estadounidense. Pese a todo lo que se habla de “guerra contra el terrorismo”, Egipto, Indonesia, Jordania, las monarquías del Golfo Pérsico, Marruecos y Pakistán siguen siendo estrechos aliados de Estados Unidos. Las relaciones con Libia empezaron a mejorar en la era Clinton, y la guerra de Irak no cambió el rumbo de la situación. El apoyo estadounidense a Israel sigue siendo firme. Y Washington tenía a Irán y Siria en el punto de mira mucho antes del 11-S.
Es posible imaginar una reacción completamente distinta. Estados Unidos podía haberse aliado con los baazistas laicos en Siria e Irak, y con los chiíes en Irán, para contrarrestar la amenaza de los extremistas suníes. Por el contrario, los viejos amigos de Washington en la zona (incluidos los tres regímenes que habían reconocido a los talibanes, Pakistán, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos) siguen siendo amigos, y los viejos enemigos son todavía enemigos. Los cambios más drásticos son en Afganistán e Irak. Pero ambos países, en la práctica, llevan en guerra civil 25 años, y la ONU respaldaba al bando perdedor (la Alianza del Norte en Afganistán y los kurdos y chiíes en Irak). Después del 11-S, el gobierno de Bush convirtió a los perdedores en ganadores.
Sin embargo, las guerras civiles continúan, y los grupos derrocados se han transformado ahora en rebeldes. El cambio es importante, pero no es una transformación tan completa como la que se imaginaba en la primavera del 2003. El plan de la administración para liberalizar y democratizar Oriente Próximo ha dado escasos frutos aparte de un Estado fallido en Irak, un Líbano inestable y desgarrado entre Hezbolá e Israel, y palabras educadas pero poco comprometedoras de aliados como Egipto y Arabia Saudí.
“El próximo 11-S será todavía peor”Quién sabe. Los esfuerzos de Al Qaeda para adquirir material nuclear han sido poco serios. En el 2002, los investigadores estadounidenses en Afganistán encontraron en recintos de los talibanes y Al Qaeda varios botes, pero descubrieron que eran materiales falsamente nucleares. La organización ha trabajado para obtener otros medios de destrucción masiva, pero sin mucho éxito. Se dijo que Al Qaeda planeaba usar gas envenenado en el metro de Nueva York, aunque, por lo visto, Al Zawahiri abortó misteriosamente la operación. Tal vez le disuadió la experiencia del grupo terrorista Aum Shinrikyo en Tokio: su atentado en 1995 mató sólo a 12 personas, y no a los miles a los que aspiraban los asesinos.
No obstante, sería irresponsable quitar importancia a la amenaza. Los avances tecnológicos permiten que grupos pequeños causen daños inmensos, y Al Qaeda ha atraído a ingenieros y científicos de talento. El progreso en la investigación sobre el ADN, por ejemplo, podría desembocar en la creación de virus de diseño, el sueño de todo terrorista. Internet ha creado nuevos puntos vulnerables en la medida en que las grandes infraestructuras de ingeniería, desde presas hasta centrales nucleares, dependen de la Red. Gobiernos, universidades y empresas deben asegurarse de que las nuevas tecnologías no caigan en manos equivocadas. Es posible que Al Qaeda no transformara por completo el mundo el 11-S, pero eso no es motivo para darle otra oportunidad.
Juan Cole*
* Catedrático de historia en la Universidad de Michigan y autor del blog Informed Comment
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