Entrevistas

Jaime Cisneros Vizquerra

Edición de Setiembre 2007

De libros, de la educación y las carreras del futuro, de su paso por el periodismo, por la política y la medicina, habló a Perú Económico el maestro Luis Jaime Cisneros, quien a los 86 años sigue inspirando a nuevas generaciones de peruanos con su inteligencia, sencillez, y sentido del humor

 

Usted es parte de una familia muy numerosa. ¿Cómo, desde chico, pudo dedicarle tiempo a un hábito íntimo y solitario como la lectura?

Eso está relacionado de alguna manera con el destierro que sufrió la familia. Yo he crecido durante el destierro de mi padre (en Argentina), pero he crecido entre libros. La casa era en realidad dos habitaciones, y el comedor tenía libros. Mi padre, durante el almuerzo, leía en voz alta El Quijote, y todos participábamos de la lectura y comentábamos. Vivir entre libros era una manera curiosa de ir fortaleciendo la esperanza de volver al Perú. Nunca tuvimos la idea de permanecer en el extranjero, pero la mayoría de los hermanos se formó en él. Esta vida de lecturas era una vida matizada por la escuela argentina, que tenía una virtud que siempre he elogiado y que consistía en enseñar a cantar. Uno aprendía cantos para la primavera, para Sarmiento, para San Martín. Eso dejó en mí una huella tan curiosa que cuando vuelvo al Perú, a los pocos días, asisto a una ceremonia en la Plaza San Martín, y siento que la gente me miraba mientras se canta el Himno Nacional. Mientras el resto musitaba, yo cantaba tal y como había aprendido en Argentina. Es algo curioso: libros, cantos, música. Son distintas maneras de reconocerse persona, formas de afianzamiento del lenguaje. El destierro no fue para nosotros una experiencia penosa, sino fue una escuela de afirmación de la personalidad. Fue también un ejercicio constante de peruanidad. 

  Hay una fuerte presencia del lenguaje en esos años… Totalmente.   Y sin embargo, a la universidad llega, simultáneamente, con la medicina.

Siempre fui un alumno trabajador y hacía frente a dos habilidades. En el colegio, en primaria, era un buen alumno de lenguaje. En la secundaria, lo mismo, pero descubrí la existencia de la física, la química, la anatomía. Que fuese buen alumno en literatura, en lengua, lo achacaba más que a virtudes personales a tradición familiar: hijo de, nieto de. Lo otro era mío. La química era mía, la física era mía. De tal manera que apliqué para medicina. Pero postulé también a filosofía y letras. Nunca me cuestioné por qué. Tuve mucha suerte en la primaria, en la secundaria, en la universidad. A Argentina llegó, por aquellos años, lo mejorcito de Europa, tanto en medicina como en filosofía. A mí la medicina me modeló. Yo era muy engreído, tenía una idea muy generosa de mí mismo. La gente de mal gusto y la gente que hablaba mal me ponía nervioso, y yo lo exteriorizaba. Mi primer internado me toca en un pabellón de niños. Fui a ver al doctor Romano, mi jefe de formación, para que me cambiara, porque no podía trabajar con niños. Luego de explayarme por varios minutos, Romano me mira y me dice: “Qué engreído es usted, Cisneros”. Y por supuesto, no me cambió. A los seis meses, me pasan al servicio de ginecología y obstetricia. Al quinto parto fui a verlo, porque quería volver a niños. No aguantaba a las parturientas. “Usted no tiene remedio, Cisneros, me decía. Usted es impaciente. No escucha. Tiene que aprender a escuchar a los enfermos, y no debe expresar nada con el rostro.” Yo creo que mis éxitos docentes se los debo a Romano. Él me enseñó a escuchar, a entender al otro.

 

En los últimos años han aparecido muchas universidades nuevas, universidades entre comillas…

Universidades con H… (risas). Usted abre el periódico y ve grandes anuncios de ciertas universidades, que demuestra que sólo les interesa tener más y más alumnos. En el extranjero, nunca le preguntan a uno cuántos alumnos tiene su universidad, sino el estado de sus investigaciones, sus publicaciones. Esa es la universidad. Las demás han inventado sistemas rarísimos de ingreso. Ahora uno ingresa desde cuarto de secundaria. Hay algo importante que no hay que perder de vista. Yo empiezo a enseñar en el 48. Los alumnos que llegan a la universidad tienen 18 años, ninguno tiene menos.  Leían y discutían sobre Sartre, sobre La agonía del cristianismo, de Miguel de Unamuno, que no estaba en el programa, sobre Ortega y Gasset. Los leían los profesores de secundaria y los recomendaban. Hoy, los alumnos no tienen 18 años, tienen 16. No han vivido absolutamente nada. Y los maestros no leen absolutamente nada. Por ello, la universidad tiene problemas. El colegio ha terminado por privilegiar Internet, de donde los chicos están llenos de información, pero no tienen conocimiento. Han terminado creyendo en el prestigio de la memoria, y no la inteligencia. Entonces en la universidad se pierde el tiempo, y se pierden alumnos. Por otro lado, se ha infundado temor a las escuelas técnicas. Tenemos 40,000 universidades, pero no tenemos una escuela técnica. Todos quieren que sus hijos sean doctores o ingenieros. Es una mentalidad totalmente equivocada. No toda la gente está capacitada para el estudio universitario, y eso no alude a la inteligencia. Se puede ser muy hábil en cosas técnicas y no para la reflexión filosófica.

  ¿Cómo cree que el correo electrónico y el chat impactarán en el futuro de la lengua española?

No soy pesimista. Hay un hecho que no siempre se toma en cuenta: el lenguaje no sólo se recibe en la escuela o en la casa, sino que se recrea. El hablante no es sólo un receptor del lenguaje, también es un creador. Un creador insensible, si se quiere, por naturaleza. Usted lo descubre si escucha el lenguaje de las criaturas. Yo me divierto mucho escuchando sus conversaciones, las palabras que inventan. El lenguaje no es constante, se recrea, se transforma.

 

¿Cómo ve la educación en el futuro, ante las nuevas tecnologías? ¿Cuáles son las carreras del futuro?

Las carreras técnicas. Y en términos de la educación, si usted lee los informes de la Unesco, se describe una tendencia en todo el mundo, desde hace 10 años, con escasas excepciones, que es el descenso de la carrera magisterial. A la gente no le importa, no le interesa. En 1962, cuando Jorge Basadre era ministro de Educación, nos propuso a Carlos Cueto y a mí colaborar con la formación de la Universidad de La Cantuta. Fuimos un semestre a trabajar, y yo me encargué de supervisar cursos de lengua y literatura. Pude conversar con un par de alumnos. Le resumo lo intercambiado con uno de ellos: le pregunto, cuéntame por qué te interesaste en los cursos de lengua y literatura. “Yo me presenté a biología, pero me aplazaron”, me contestó. Bueno, pero quisiste ser profesor después de todo, insisto. “Yo me presenté a la Policía, pero tenía pie plano”, fue su respuesta. Eso había decidido su vocación. No quiero decir que eso continúe, pero es un antecedente. A la gente no le interesa ser maestro y entonces se produce un abismo entre la enseñanza escolar y la universitaria. El conocimiento ahora es interdisciplinario, algo que pone nerviosos a muchos. Nunca había leído a Einstein, por ejemplo, y cuando lo hice pensé que esto no lo hubiera entendido nunca a los 20 años. Si me interesó, fue porque había acumulado muchas lecturas relacionadas. Uno se puede perder o se puede orientar en el bosque. Para orientarse, hay que subirse a las copas de los árboles, y descubrir caminos, conexiones. Si se ve desde abajo, uno se pierde. Esa es la enseñanza universitaria.

 

¿Cuáles fueron para usted los grandes personajes del siglo XX? ¿Tendremos nuevamente personajes como el Basadre que usted mencionaba?

¿Por qué no? Si ha habido uno, puede haber más. Quiero decir que en el país hay situaciones que llevan a gente a producir una reflexión profunda, como en su momento lo hicieron Raúl Porras, Manuel Vicente Villarán, Francisco García Calderón, por citar algunos nombres. En ese sentido, yo creo que mientras haya jóvenes estudiando, no hay por qué ser pesimistas.

 

En cuanto a su paso por los medios de comunicación, ¿cómo así acepta usted ser director de La Prensa, durante el gobierno de Morales Bermúdez, y de El Observador, entre 1981 y 1983?

Eso es algo que mucha gente se pregunta. En primer lugar, mi amistad con Pancho Morales se remonta a los tiempos en que él era capitán. Una amistad que además se robustece por mi hermano, que también era militar. A mí me ofrecen El Comercio primero, pero me negué porque tenía amistad con los Miró Quesada, e iba a ser difícil que ellos entendieran. Con La Prensatenía una razón de orden familiar, ya que mi padre fue director de ese diario, y como tal es que lo destierra Leguía. En segundo lugar, yo sabía que la idea de Morales Bermúdez era devolver los periódicos antes de terminar su mandato, para lo cual debía convencer a los comandos. Yo acepté con la condición de ser totalmente independiente. Sólo recibiría sugerencias de Morales Bermúdez o de Fernández Maldonado. Y fue así. Entrevisté a Haya de la Torre con Alfredo Barnechea. Entrevisté a Fernando Belaunde. Sacamos el semanario cultural. Se muere Luis Miró Quesada y le pedí un artículo sobre él a Luis Alberto Sánchez. Alejandro Miró Quesada se resintió conmigo por ello. Hasta que por unos problemas en Tacna, mi hermano me comunicó que los comandos no aceptarían la devolución de los medios, y me fui.

Unos años después, un amigo me preguntó si conocía a León Rupp. Me comentó que quería reunirse conmigo. Después de varias coordinaciones, fui a visitarlo a su banco. Ya me había advertido mi amigo que quería ofrecerme la dirección de un periódico. Estando los dos aún de pie, me dice: “¿sabe usted para qué ha venido?” Yo, con mi formación jesuita, le respondo, “si no me he sentado a conversar es que no lo sé”. Canceló todos sus compromisos. Me comentó su oferta, y yo le pregunté quién estaba detrás de todo eso. Su respuesta, alarmado, fue que buscaba un periódico con la orientación que yo le había dado a La Prensa, mientras la dirigí, es decir, con independencia y apertura. Acepté con las mismas condiciones que las anteriores, exigiendo autonomía. Fui director de El Observador cerca de dos años, hasta que él se peleó con medio mundo.

 

¿En qué circunstancias se adhirió a la Democracia Cristiana? Usted fue elegido como candidato a parlamentario, pero rechazó dicha postulación…

Yo dirigía el periódico de la Democracia Cristiana, mi jefe de redacción era Mario Vargas Llosa. Cuando el partido decidió apoyar a Lavalle, decidí obedecer pero puse fin a mi participación en la política. Ahí conocí a Francisco Mostajo, lindo viejo. En esa época, todos éramos jóvenes, era fácil creer en un montón de cosas que se fueron complicando. El panorama se fue oscureciendo.

 

Recién en los noventa aparece nuevamente en el escenario político como presidente de Transparencia...

Meditamos mucho con Felipe McGregor; nos pareció que era una función que como universitarios nos correspondía: ayudar a promover una reflexión política. Que no tiene que ser necesariamente partidaria. Es una preocupación ciudadana, lo que presenta ventajas y desventajas, por cierto. El partido A piensa que uno es de ellos, y lo mismo el partido B, lo que permite almorzar con los dos, por ejemplo (risas). Lo importante, en última instancia, es la educación cívica. En la escuela, en Argentina, no usábamos libros. Leíamos los diarios, y nos manteníamos al tanto de lo que ocurría en los países vecinos, en Europa. Se buscaba formar ciudadanos del mundo, un espíritu cívico.

 

Con motivo del centenario de la Guerra del Pacífico usted preparó un texto en el que, entre otras cosas, decía que “seguía siendo para nosotros un problema capital”, “un escozor que recorre nuestro ser nacional”, y se hace una pregunta: ¿La guerra de 1879 pertenece al pasado?

Me lo podría volver a preguntar. Mi padre nació en el 82, pertenece a esa generación. Yo he crecido, no odiando, pero sí hablando de las “botas chilenas”. Pero después de los 20 años uno va tomando conciencia de lo que viene y el peso del pasado es distinto.

A propósito de los deudos de las víctimas de La Cantuta o Barrios Altos, que han salido con fotografías, yo me pregunto si piden justicia o piden venganza. Yo he visitado un campo de concentración en Europa y he llorado como un animal. Se ven las fotos de la gente llegando, luego vestidas en traje a rayas, finalmente todos desnudos y amontonados. ¿Contra quién protestas? ¿Contra el carcelero, contra el ministro? Son cosas muy complicadas. No se puede juzgar hechos de ayer con criterios de hoy. Cuando ocurre eso, no puedo aplicar mis fobias, mis simpatías, mis sentimientos. Yo me haría más problemas con los bolivianos. Si uno ve los últimos tres meses, de repente repetimos el plato. Lo que sucedió en 1879 ocurrió en un contexto dado, y lo que vivimos hoy se produce en otro contexto. Pero por decir esto se corre el riesgo de ser acusado de antipatriota.

  ¿Qué lo hace reír en estos momentos?

Las sesiones del Congreso (risas). Me divierto porque muchos allí no tienen el sentido del ridículo.

  ¿Qué tipo de música escucha?

Hasta que mi hijo Jaime cumplió 12 años, escuchaba lo que siempre solía escuchar. Pero él me instruyó en la música de Los Beatles. Pero eso sí, el rock metal no lo aguanto (risas). La formación musical es muy importante. Mis nietos estudian flauta, guitarra. Yo he tocado violín y piano. Mi hijo toca el violín también. Eso es tan importante como la política.

  Entre sus amistades está Fernando de Szyszlo…  

¿Gody? Para mí es una de las mentes preclaras de mi generación, más allá de lo artístico. En la Peña Pancho Fierro, que quedaba frente a la Iglesia San Agustín, o en el Negro-Negro, nos juntábamos regularmente. Ahí el que malograba las cosas, a veces, era Sérvulo, cuando llegaba en bomba (risas). En esos sitios, en la Galería de Lima, en Quilca, uno encontraba a los pintores. A Martín Adán lo encontraba en una cafetería, en la esquina de Mejía Baca, cuando no estaba en Miraflores. Una vez me lo encontré a las siete y media de la mañana, en un bar entre Pardo y Atahualpa, yo me iba a Lima a dictar clases y él me ofrecía un pisco. Rafael, le decía, tengo que dictar clase, y él se resentía.

  ¿Se arrepiente de no haber hecho algo en su vida?

Me arrepiento de no haberme arrepentido… probablemente sería más de una cosa. Siempre quedan cosas por hacer.


 


Por Benjamín Huamán de los Heros V*  y Omar Awapara**

* Jefe de redacción de Perú Económico

** Asistente de redacción de Perú Económico

 

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